
La jubilación empieza en la infancia

El debate previsional argentino suele concentrarse en una preocupación inmediata: cómo financiar las jubilaciones actuales y futuras en un contexto de envejecimiento poblacional, informalidad laboral y restricciones fiscales. El sistema está virtualmente quebrado. Pero estamos enfocados casi ciegamente en el presente. Sin embargo, existe una pregunta menos frecuente, pero potencialmente más transformadora: ¿cuándo debería comenzar la construcción de una jubilación, considerando estas restricciones?
La respuesta tradicional es clara: cuando una persona comienza su vida laboral. Pero en un mundo donde la esperanza de vida supera las ocho décadas y continúa creciendo, ese enfoque ya muestra sus límites. Solo con este factor, no alcanzará con extender la edad jubilatoria, sino replantear toda la planificación financiera.
Así, algunos países han comenzado a explorar un enfoque diferente: iniciar ese proceso desde la infancia.
En Alemania, rige desde este año la Pensión de Inicio Temprano, por el cual el Estado realizará aportes de 10 euros mensuales a nombre de cada niño, desde los 6 a los 18 años, que se invierten con un horizonte de largo plazo. El objetivo no es generar un beneficio inmediato, sino construir un capital que pueda acompañar a la persona en su vida adulta. Incluso contribuciones modestas, sostenidas durante décadas e invertidas con rendimientos moderados, se transformará en una base económica significativa gracias al efecto del interés compuesto. El monto que se acumule recién se podrá utilizar cuando el actual niño cumpla 67 años (edad actual para jubilarse). El mensaje es claro: el sistema actual requiere un esfuerzo complementario que debe comenzar ya.
Este enfoque no busca reemplazar los sistemas previsionales tradicionales, sino como decimos, complementarlos. Introduce un nuevo componente: la posibilidad de construir una base de capital desde el inicio de la vida.

Argentina no cuenta actualmente con un esquema de estas características. Sin embargo, posee instrumentos institucionales que podrían servir como base para explorar alternativas graduales. Entre ellos, la Asignación Universal por Hijo (AUH). Sin modificar su función esencial como herramienta de protección social, podría evaluarse la posibilidad de canalizar una pequeña fracción de la misma hacia instrumentos de inversión a largo plazo a nombre del beneficiario. El objetivo no sería reducir el ingreso disponible de las familias, sino incorporar progresivamente una lógica de ahorro estructural que fortalezca las oportunidades futuras. A esto debemos sumar al resto de la población infantil y adolescente en otros esquemas semejantes.
Este enfoque también introduce una dimensión renovada del contrato intergeneracional. Tradicionalmente, los sistemas previsionales han funcionado como un mecanismo de transferencia en el cual las generaciones activas financian a las generaciones -mal llamadas- pasivas. Ese principio de solidaridad sigue siendo fundamental. Pero en un contexto de mayor longevidad, resulta valioso incorporar un segundo componente: la construcción gradual de capital para las generaciones futuras desde el inicio de la vida. Así el sistema no depende exclusivamente de transferencias entre generaciones, equilibrando el esfuerzo económico entre generaciones.
El impacto potencial de un esquema de estas características trasciende lo individual. A nivel sistémico, contribuye a fortalecer el ahorro nacional, promueve el desarrollo del mercado de capitales y fomenta una cultura financiera orientada al largo plazo.
El desafío previsional del siglo XXI demanda una nueva perspectiva, impacto demográfico mediante. La longevidad representa uno de los mayores logros de nuestras sociedades, exigiendo nuevos enfoques e instrumentos para articular la relación entre tiempo, trabajo, ahorro y responsabilidad colectiva.
Quizás una de las más relevantes sea también una de las más simples: comprender que el futuro previsional no comienza al final de la vida laboral.
Comienza mucho antes, incluso desde la infancia.


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