El café tucumano y esa costumbre argentina de reaccionar cuando aprieta

Mientras el mercado se abre y la competencia aprieta, empieza a asomar algo que, hace no tanto, parecía un delirio: café producido en Argentina, con Tucumán como punta de lanza.
NEGOCIOS31/03/2026

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Que hoy haya más café tostado importado en las góndolas no es una sensación: es un hecho. Y tiene lógica. Al eliminarse la diferencia arancelaria entre café verde y tostado, se desarmó un esquema que durante años había empujado a que el valor se agregara puertas adentro. Antes, el negocio era traer el grano y tostarlo acá. Hoy, podés traer el paquete listo.

Hasta ahí, la discusión es bastante conocida.

Lo interesante aparece por otro lado. Mientras el mercado se abre y la competencia aprieta, empieza a asomar algo que, hace no tanto, parecía un delirio: café producido en Argentina, con Tucumán como punta de lanza.

¿Tiene que ver una cosa con la otra? Directamente, no. Pero indirectamente... tampoco es casual.

La decisión de plantar café no se toma mirando el arancel del mes. Es una apuesta larga, con más incertidumbre que certezas. Entre que plantás y cosechás pasan años. No es soja, no es maíz. Por eso, si uno busca una causa, hay que mirar más arriba: cambios en el clima, pruebas piloto, y sobre todo decisiones empresariales que empiezan a explorar algo distinto.

Ahí aparecen jugadores como Cabrales, que entienden rápido que competir en el café masivo contra Brasil o Colombia es una pelea perdida de antemano. No hay escala, no hay costos, no hay historia en ese terreno.

Entonces, el juego cambia.

Cuando se achica el margen para hacer lo de siempre, aparece la necesidad de hacer algo distinto. Y en el café, eso tiene nombre y apellido: especialidad. Origen, trazabilidad, calidad, historia. Todo lo que no entra en la lógica del commodity.

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En ese contexto, empezar a plantar café en Tucumán no es un acto de voluntarismo ni una política pública iluminada. Es, más bien, una reacción. Una forma de correrse de una cancha donde ya no sos competitivo y probar suerte en otra donde, al menos, podés diferenciarte.

El dato no es menor. Durante años, Argentina participó del negocio del café en un lugar bastante claro: importaba el grano, lo procesaba y lo vendía. No era poco. Era una forma razonable de capturar algo de valor sin tener la materia prima.

La eliminación del diferencial arancelario tensiona ese esquema. Lo vuelve más frágil. Y en ese movimiento, algunos empiezan a preguntarse si no hay otra manera de jugar.

No es un reemplazo, ni mucho menos. Nadie en su sano juicio cree que Argentina va a transformarse en un productor relevante de café. Pero tampoco hace falta. En los nichos, la escala es otra cosa. Y ahí, tener una historia propia —aunque sea incipiente— puede valer más que cualquier ventaja de costos.

Además, hay un factor que no es menor y que suele quedar fuera de la discusión: el clima. Cambia, y con él cambian las posibilidades productivas. Lo que antes era inviable, hoy empieza a ser, al menos, experimentable. No garantiza nada, pero habilita.

En ese cruce —presión competitiva, búsqueda de diferenciación y nuevas condiciones productivas— aparece el café tucumano. No como resultado de un plan maestro, sino como parte de un proceso más desordenado, más típico de la Argentina real: probar, ajustar, ver qué funciona.

La enseñanza, si hay una, va un poco más allá del café. La apertura no siempre liquida sectores. A veces los obliga a mutar. El problema es que no todos pueden hacerlo. Pero los que sí, suelen ir hacia lugares más sofisticados, más chicos, pero también más interesantes.

El café argentino, si despega, no va a llenar góndolas. Va a aparecer en otro lado. En nichos, en pequeñas escalas, probablemente con precios que no compiten sino que cuentan otra historia.

Y quizás ahí esté el punto.

No en si vamos a producir café o no, sino en si, cuando el contexto cambia, somos capaces de corrernos de lo obvio y encontrar una forma distinta de jugar.El café, en todo caso, es apenas una excusa. Pero una bastante elocuente.

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