Esta semana se cumplieron cincuenta años del debut de Diego Maradona en Primera, con apenas 15 años, en Argentinos Juniors. Pero esta vez no quiero hablar de él. Para muchos, y me incluyo, Maradona fue un extraterrestre: alguien que probablemente habría brillado en cualquier lado.
Lo que me interesa es lo que había alrededor. Cuando un chico quiere desplegar su pasión por la pelota, suele haber instituciones distintas en cada etapa. Primero, un club de barrio como Parque, en CABA, que se presenta como la cuna de cracks, dice que forma a la persona antes que al jugador y, en algunas de sus disciplinas, aclara que para sumarse no hace falta experiencia previa. Después, un club como Argentinos Juniors, que se presenta como el Semillero del Mundo y dice que lo que lo distingue es la formación. Riquelme, por ejemplo, hizo ese recorrido. Uno recibe, el otro apuesta. Y en el medio, alguien que detecta algo en quien todavía no sabe si tiene algo para mostrar, y le da la confianza para animarse. No todos los que pasan por ahí llegan a Primera. Pero todos encuentran un lugar donde aprender y desarrollarse. Y eso ya es un montón.
Para mí, un semillero no existe solo para encontrar a un Maradona. Existe para que miles de chicos tengan una puerta de entrada y puedan crecer. Si en el camino aparece un Maradona, mejor. Y me pregunto si en el mundo del trabajo no hay cada vez más organizaciones que están dejando de ser semillero.
Tomás lo vive en carne propia, aunque su historia se parece a la de muchos chicos que acompaño. Va a su ritmo. Ahora tiene que decidir qué sigue. Sabe lo que le gusta y en qué es bueno; lo dice él y lo ve su familia. Pero no logra convertirlo en una decisión. No le faltan ganas: cada opción que mira viene con la misma pregunta. ¿Y si elijo una carrera que dentro de cinco años hace una máquina? Y cuando entra a los portales de empleo encuentra siempre la misma palabra. Experiencia. Para todo. Hasta para empezar. Lo único que intuye es que los oficios van a cobrar otro sentido. No es una observación menor.
Llegó a mí porque alguien nos puso en contacto. Llegó con miedo a estos primeros años, porque no tiene historia: ni un camino recorrido, ni errores propios de donde agarrarse, ni a quién preguntarle sin sentir que molesta. Entre la incertidumbre y las puertas que siente cerradas, dejó de imaginarse cosas. El miedo le apagó las aspiraciones antes de que pudiera tenerlas.
Lo escuchaba y pensaba en mis comienzos. Yo también tuve un momento en que no lograba insertarme, y alguien se sentó conmigo a revisar mi CV. Todavía me acuerdo de una de mis primeras entrevistas: llegué con el taco roto en la mano, porque se me había quedado trabado en una rejilla del microcentro. No llegué como lo había imaginado. Pero llegué. Y alguien vio en mí algo que ni ese percance pudo tapar.
Seguramente vos también te acordás de tu primer trabajo. Del jefe o la compañera que te explicó dos veces lo mismo, que te corrigió, que te dejó equivocarte en algo chico para que no te equivocaras en algo grande. Y también del otro: el jefe que gritaba, el compañero que se guardaba lo que sabía, la empresa donde equivocarse era imperdonable. Algunos nos enseñaron lo que no queríamos ser, y lo que hicimos con esos golpes también nos hizo quienes somos. Pero para que todo eso pasara, primero alguien apostó por nosotros cuando ni siquiera sabíamos qué teníamos para mostrar.
Todos fuimos Tomás. La diferencia es que a nosotros alguien nos abrió la puerta.
Cuando termina el año, se activa una transición que pocas veces miramos de cerca. Miles de chicos dejan el secundario y empieza la carrera por insertarse: en la universidad, en un terciario, en su primera pasantía o en su primer empleo formal. Para ellos todo es novedad: la cultura, los códigos, dónde se calienta la comida, dónde queda el baño. No alcanza con abrirles la puerta; necesitan que alguien los reciba del otro lado con ganas de enseñar. Por eso vale la pena preguntarnos qué pasa cuando las organizaciones cierran esa puerta. Mi experiencia me dice que pierden mucho más que jóvenes: pierden el lugar donde se aprende un oficio y donde afloran capacidades que ya asomaban en la escuela, los líderes que van a hacer falta mañana y la oportunidad de construir una cultura de semillero.

Nadie tiene tiempo de enseñar
Lo escucho de los dos lados del mostrador, y entiendo que no es fácil. En muchas pymes que conozco son pocos, todos corren y nadie puede frenar para explicar. Muchas veces el negocio crece más rápido de lo que el equipo logra acompañar. Entonces buscan algo que casi no existe: alguien que rinda como un analista con oficio pero que acepte, sin quejarse, las tareas de quien recién arranca. Un Batman al que no le moleste ser Robin. En las corporaciones suele haber programas y discursos sobre el futuro, pero cuando estos perfiles llegan, encuentran agendas llenas, personas hundidas en la pantalla y la "meetinitis", esa fiebre de reuniones que nadie logra bajar, en una carrera que no se detiene. Entonces preguntan poco, porque ven a todos desbordados. Y aprenden solo lo que pueden. En los dos casos son esponjas: arman su criterio sobre la marcha, con las señales que captan de su entorno.
Lo veo en muchos líderes que acompaño. Equipos con jefes arriba, juniors abajo y nada en el medio. Y lo que más me conmueve es que muchos de esos líderes quieren que su gente crezca. Quieren ser semillero. Pero sienten que la estructura en la que lideran no les da espacio.
Ahí aparece un debate que pocas veces se da. Solemos pedirle al líder que forme, como si dependiera solo de su voluntad. Pero un líder no lidera en el vacío: lo hace dentro de una cultura que entre todos tejen. Cuando pide recursos para formar, una respuesta que escucho seguido es "presupuesto cero". Algunos se resignan. Otros se van. Un semillero no funciona solo con talento. Funciona cuando hay alguien que forma y un lugar que se lo permite: es una red que construimos entre todos.
Hay una frase que aparece en muchas charlas de pasillo, aunque casi nadie la dice en una reunión: ¿para qué lo voy a formar si en un año se va? Es incómoda, porque tiene algo de verdad. Pero un semillero nunca formó para quedarse con todos. Elliott Hill, el actual CEO de Nike, cuenta en su perfil que empezó en la compañía como pasante en 1988, que pasó por diecinueve roles distintos y que, años después de retirarse, volvió para conducirla. Me parece que esas historias no se dan solas: requieren una organización que da lugar para crecer y una persona que decide aprovecharlo.
Y aun cuando el talento ya no está, algo queda. Cuando un club dice "por acá pasaron", habla de los que crecieron ahí y siguieron su camino. Con las organizaciones pasa algo parecido: lo que una persona sembró puede seguir creciendo aunque ya no esté. Y cuando las personas crecen, la organización crece con ellas.
Volver a abrir la puerta
También nos toca a quienes trabajamos en atracción de talento. Muchas veces somos los que escribimos avisos que piden dos años de experiencia para un puesto junior, por costumbre, como un filtro cómodo, sin preguntarnos si el puesto realmente la necesita. En un mercado laboral que exige cada vez más habilidades, vale la pena revisar qué estamos buscando.
Quizás no haga falta un gran presupuesto para empezar a revertirlo. Quizás alcance con algunas preguntas. ¿Y si en lugar de eliminar el puesto de entrada lo rediseñamos, para que quien empieza aprenda junto a alguien con experiencia? ¿Y si enseñar formara parte de los objetivos de un líder, y no de lo que hace cuando le sobra tiempo? Hay una pregunta para cerrar cada año, tan simple como incómoda: ¿a quién formé?
Con Tomás trabajamos otra cosa: que no tener experiencia no lo deja sin historia. De hecho, tiene mucha. Lo que hizo por curiosidad, lo que resolvió con otros y lo que lo apasiona también cuentan. Aprender a contarlo puede ser su primera herramienta para no quedar a la deriva.
La puerta que alguien abrió
No sé qué carrera va a elegir Tomás. Sé que no está solo para decidirlo. Pero pienso en todos los que no tienen a alguien que los conecte, ni una organización dispuesta a apostar por ellos. Esos chicos también van a tocar puertas este verano.
La mayoría no va a ser Maradona. No hace falta. Alcanza con que alguien les dé la oportunidad de descubrir talentos que todavía ni ellos conocen.
Alguien nos abrió la puerta a nosotros. La pregunta es si vamos a hacer lo mismo o si vamos a ser la generación que la cerró detrás suyo.




















