Dieciocho meses sin volver a la base: la serie de CAME que desmiente el rebote del consumo

El Índice de Ventas Minoristas Pyme de CAME cerró agosto de 2026 en 82,7 puntos, todavía 17% por debajo del nivel de 2022. Mirar la serie completa, y no el dato del mes, explica por qué la recuperación del consumo no termina de llegar.
ECONOMIA08/09/2026

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El número que tituló los portales fue el 0,2%: lo que cayeron las ventas minoristas pyme en agosto, según CAME. Un retroceso mínimo, casi un empate, fácil de leer como señal de que lo peor quedó atrás. Pero el dato de un mes es un pésimo narrador. La historia está en la serie, y la serie cuenta otra cosa.

El diente de sierra

Los últimos dieciocho meses dibujan un patrón que se repite con la regularidad de un metrónomo. Un pico estacional en octubre, otro en marzo, la tanda previsible de titulares sobre la "recuperación" y, enseguida, la recaída. La curva sube y baja, pero nunca perfora la línea de base: el 100 que marca el nivel de 2022. El único mes que asomó por encima de esa marca en todo el período fue octubre de 2025 (103,9), empujado por la estacionalidad; en junio y julio de este año, en cambio, la serie tocó pisos de 77 puntos. Agosto cerró en 82,7. Casi cuatro años después del punto de partida, el comercio minorista pyme todavía factura un 17% menos. La propia CAME lo atribuye a la caída del poder adquisitivo por el peso de las tarifas y al endeudamiento de las familias, que pagan servicios y cuotas antes de llegar a la góndola. Cada rebote choca contra el mismo techo: un ingreso disponible que no da para más.

Cuando el estancamiento se vuelve estructura

Acá aparece un riesgo que la foto mensual esconde. Olivier Blanchard y Lawrence Summers lo llamaron histéresis: cuando una caída se prolonga lo suficiente, deja de ser un bache pasajero y se convierte en daño permanente. Las empresas que cierran no reabren, la clientela que cambió sus hábitos no siempre vuelve, las capacidades que se pierden no se recomponen solas. Una serie que hace año y medio no logra regresar a su base no está esperando el rebote: está corriendo el riesgo de que ese piso hundido se convierta en su nuevo techo. El estancamiento, cuando dura, se hace costumbre. Y lo que se hace costumbre, tarde o temprano se naturaliza.

Movimiento no es progreso

Hay algo casi filosófico en confundir movimiento con avance. Un péndulo se mueve sin descanso y no llega a ningún lado; gasta toda su energía en ir y venir. La discusión pública lleva meses celebrando oscilaciones —un mes mejor, otro peor— como si marcaran una dirección. No la marcan. El ánimo de los propios comerciantes lo confirma: el 46,5% dice estar peor que un año atrás, apenas el 6,1% mejoró y casi seis de cada diez (57,9%) no ve el momento de invertir. Una economía que no invierte renuncia a su futuro para administrar el presente, a la espera de que algo cambie desde afuera.

El piso y la línea que quedó atrás

Bajar la inflación era imprescindible, y conviene decirlo sin matices. Pero estabilizar los precios y reactivar la economía no son la misma tarea, y confundirlas tiene un costo. Una curva que en dieciocho meses no consiguió tocar su propia base no está sanando: está sobreviviendo. El desafío no pasa por festejar que la caída se hizo más lenta, sino por volver a poner la serie por encima de la línea que dejó atrás en 2022. Porque estabilizar la nominalidad, vale repetirlo, no es lo mismo que desarrollar.

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