
Por qué no fuimos los Estados Unidos del Sur

A través de un análisis agudo y dinámico, el historiador económico Pablo Gerchunoff explora dos siglos de historia nacional para comprender el desequilibrio permanente. El progreso material como deuda pendiente recorre las páginas de su último ensayo editado por Edhasa y titulado La demora y la prisa. Historia de los (des)equilibrios sociales argentinos. Sin condicionamientos y con el ejercicio de un pensamiento auténticamente libre, articula la reflexión a través de un prólogo y cuatro ensayos —el último coescrito con Francisco M. Olivero— que conforman 170 páginas atractivas y profundas.
Gerchunoff se revela como un cultivado lector, capaz de ofrecer el mapa de las lecturas que le permiten pensar. Allí reúne a pensadores fundamentales como, entre otros, Carlos Díaz Alejandro, José Luis Romero o el historiador australiano John Fogarty. Esta amplitud le permite cruzar fronteras entre las disciplinas sociales con soltura. Sin perder rigor, la prosa es también una apuesta por la forma literaria y por la inclusión de recursos como las comparaciones o metáforas. Así retrata las ilusiones ópticas de la economía al definir un alivio temporal en plena crisis de 1930 como "un equívoco rayo de sol entre las nubes".
"Moreno, convencido, como estaba, de que la letra escrita podía cambiar al mundo", escribe Gerchunoff. Al igual que el prócer Mariano Moreno, el autor confía en el poder transformador de la palabra. Con esa misma convicción, asume la difícil tarea de explicar el declive con matices y diferentes tonalidades, sin caer en la victimización ni en el lamento.
La demora y la prisa es también un texto personal en el que el autor subraya su propia impronta y arma un collage entre la historia argentina y el devenir personal: "Nací en agosto de 1944, apenas treinta años después de la muerte de aquel Roca transformador y tres semanas después de que el coronel Perón, a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión y del Ministerio de Guerra, asumiera la vicepresidencia de la nación de un gobierno de facto, sin que se supiera, todavía, que Perón iba a ser el Perón histórico".

Los dos pasados, las dos Argentinas
Ante el laberinto nacional, Gerchunoff advierte que "Argentina es un país que tiene dos pasados gloriosos según a quién se le pregunte: un pasado glorioso liberal conservador progresista y un pasado glorioso nacional popular justiciero". Frente a esta encrucijada, se aleja de la autocomplacencia y de las soluciones fáciles. Se resiste a la comodidad de las narrativas que sólo reafirman los prejuicios propios. Al justificar su negativa a elegir un único bando, concluye: "No lo voy a hacer ahora porque a esta altura de mi vida me he convencido de que una historia argentina bien narrada las necesita a todas y ninguna es suficiente".
Al consultar en la Real Academia Española el significado de "equilibrio", el autor encuentra un reflejo exacto de la fisonomía nacional: "Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse". Comprende de este modo que "el equilibrio era intrínsecamente inestable y podía convertirse de un momento a otro en un desequilibrio".
El análisis estrictamente geográfico de la Argentina muestra que "la Argentina fue y es dos países: la Argentina hispanoamericana por un lado, y por otro la Argentina prima hermana de 'las economías de frontera'". El concepto "economías de frontera" define a los países con una marcada escasez de mano de obra y una abundancia de tierra, un vacío demográfico compensado con inmigración masiva. Es, señala La demora y la prisa, "el selecto grupo conformado por los Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, sin duda una vara muy alta. Un mundo ideal para pertenecer a él".
La matriz de la problemática argentina reside en el reparto desigual de la tierra: "No seríamos la Nueva Inglaterra de Tocqueville, no recibiríamos inmigrantes del norte de Europa, no seríamos un país de granjeros con un reparto jeffersoniano de la tierra, tampoco una versión sudamericana superadora del Viejo Mundo".
A diferencia del modelo de pequeños productores norteamericanos, aquí "el desierto efectivamente se pobló, pero no de pequeños propietarios, sino de trabajadores rurales y de arrendatarios, porque con la tierra repartida mayoritariamente en su momento ganadero, a las grandes estancias sólo las subdividirían el mercado de tierras y la herencia, pero no la política". Como consecuencia, la gran expansión territorial consolidó enormes latifundios indivisibles políticamente. La diferencia resulta abismal y por momentos compleja de abordar, quizá como tempranamente detectó Sarmiento: "No hubo en la Argentina una conquista del oeste que asentara a miles de farmers en la cuenca del Mississippi, la tercera más grande del mundo y la de las tierras más fértiles".
La demora
La consolidación del Estado nacional sufrió una doble postergación. "La demora, la larga demora, importó, dejó una cicatriz".
La soberanía territorial llegó más tarde, ya que "las guerras de la independencia comenzaron en las colonias de América del Norte treinta y cinco años antes que en las Provincias Unidas y terminaron oficialmente en 1783 con el Tratado de París".
Mientras los caudillos locales disputaban el poder —propone Gerchunoff— "entre 1820 y 1880, arribaron a Estados Unidos, principalmente por el estratégico puerto de Nueva York, más de siete millones de personas". Y en 1862, mientras Bartolomé Mitre accedía al gobierno de la república, se aprobaba en Estados Unidos la Homestead Act, "que permitió a cualquier persona dispuesta a trabajar y cultivar la tierra reclamar hasta 160 acres de tierras públicas".
La comparación de la infraestructura refleja la misma asimetría: "En 1880, Estados Unidos tenía 29,4 kilómetros de vías férreas por cada 10.000 habitantes; Australia, 29,2; Canadá, 27,3; Argentina, apenas 8,6".
Mientras Argentina se consumía en conflictos civiles durante décadas, el país del norte ya multiplicaba su capacidad productiva. Esta suma de dilaciones explica el desfasaje institucional histórico: "Julio Argentino Roca ocupó el poder noventa años después que Alexander Hamilton en los Estados Unidos".
La escala poblacional selló también destinos opuestos. "Al comenzar la Gran Guerra [en 1914], Argentina tenía casi ocho millones de habitantes; Estados Unidos, más de cien millones, una escala desproporcionada que le permitió al país del norte una diversificación productiva con una escasa brecha de productividades entre los distintos sectores, algo que Argentina nunca tendría".
Citando al economista Lucas Llach, Gerchunoff advierte que el país vio "bloqueado su pasaporte a la modernidad por una súbita crisis. Nos dice Lucas Llach que fue, en ese sentido, un país infortunado: hubiera necesitado, justamente, unas décadas más de acumulación de capital físico y humano para ser lo que algunos esperaban, al menos hasta ese otoño: los Estados Unidos del Sur". Ese otoño fatídico remite a la abrupta crisis de 1930.
Faltó esa demora adicional, ese tiempo indispensable para acumular la fortaleza necesaria frente al colapso global.
Tormentas del mundo
La propuesta analítica de La demora y la prisa rechaza la mirada endogámica: pensar Argentina es conectarla con el mundo. Ante la caída del modelo agroexportador, el texto plantea una interrogante sobre la década de 1930: "¿Se quebró el sueño por torpezas propias o por la tormenta del mundo? Hoy está de moda la primera respuesta, pero en el relato desapasionado de larga duración es imposible no considerar que la bonanza estuvo asentada sobre una excepcionalidad internacional (sobre todo, británica) que en cualquier momento podía desaparecer y que tornaba frágiles sus cimientos".
El derrumbe del Imperio Británico arrastró a su socia sudamericana y Gerchunoff lo retrata en el segundo ensayo del libro "La pregunta británica". Es la clásica pregunta sobre la declinación británica "que no hace mucho fue la primera potencia del mundo", asociada y conectada con la de la Argentina que soñaba con competir con Estados Unidos.
Decisiones externas fueron dagas directas al corazón productivo nacional: "A mediados de 1932 se firmó el Pacto de Ottawa, por el cual el Reino Unido otorgó preferencias comerciales a los países pertenecientes a la Commonwealth, pero no a sus restantes socios comerciales. Una pésima noticia para Argentina". El corolario de la gran crisis es contundente: "La crisis del 30 y sus secuelas fueron una desgracia para el mundo, pero una desgracia multiplicada para la hasta entonces prometedora Argentina".
Una moneda para la nación
Frente a la demora impuesta por el contexto, surgieron los arquitectos de la urgencia. "Anticipemos que quizás la velocidad estuvo preñada de una prisa colectiva por recuperar el tiempo perdido por la demora", se lee en el libro. Esa aceleración tiene rostros propios. Comienza con la generación del 80. "Después de 1880, al capturar políticamente las oportunidades tecnológicas que venían del mundo, la clase dirigente argentina se encontró con la conexión buscada y, por lo tanto, con la velocidad de un crecimiento fundado en la productividad agraria".
El ensayo disecciona a las figuras clave del siglo XIX. Menciona "una fórmula de paz en el Pacto de San José de Flores y en la Constitución de 1860", y define a Bartolomé Mitre con exactitud: "Mitre, el nacionalista liberal (tan difíciles de entender esas dos palabras contiguas, tan decisivas para el futuro argentino)". También elogia la pulsión igualitaria criolla mediante las palabras de Félix de Azara: "tienen tal idea de su igualdad, que creo que aun cuando el rey acordase títulos de nobles a algunos particulares, ninguno los consideraría como tales". La Argentina nació igualitaria.
La figura de Carlos Pellegrini emerge como la voluntad política frente al desastre. En La demora y la prisa se destaca el influjo de esta figura en el destino del siglo XIX y sus consecuencias en el XX. Pellegrini destaca como un político, que a través del Banco de la Nación, le permitió a la Argentina tener una moneda única "usando a pleno sus herramientas en el plano financiero y económico y en la totalidad del territorio".
Apoyado en el dueño del diario Crítica Natalio Botana, Gerchunoff señala: "Natalio Botana nos ha narrado con profundidad y elocuencia sobre el significado del año 1880, el monopolio de la fuerza en manos de la nación; hay que agregar ahora el profundo significado de 1890-1891, el punto de partida de una moneda para la nación". Aún así, la inserción global fue tardía: Argentina ingresó al patrón oro en 1899 mientras que Gran Bretaña lo adoptó en 1821, Australia en 1852, Canadá en 1853. Alemania en 1871 y Estados Unidos en 1879. Insiste Gerchunoff con la demora.
La prisa
La urgencia más ensordecedora llegó en el siglo XX. "Perón, que terminó siendo en términos políticos mucho más que un experimento para convertirse en el dios o el diablo, según quien lo mirase, del siglo XX". Gerchunoff vincula la prisa roquista con la peronista. "Guido Di Tella repitió con frecuencia que Perón quiso hacer en tres años lo que a Australia le había llevado más de medio siglo". El modelo consistió en "una ingeniería económica audaz, inteligente y cortoplacista".
La bonanza resultó efímera. El país quedó excluido del orden de posguerra. Ante la exclusión de la Argentina del Plan Marshall, se endureció el control de cambios por el lado de las importaciones, encareciendo los bienes industriales. Frente a la asfixia de la balanza de pagos, surgieron los claroscuros del movimiento en 1954 después del descongelamiento de precios y salarios: "Los sindicatos se movilizaron confrontando con los empresarios para recuperar salarios reales, tratando de que se notara lo menos posible que, subrepticiamente, era también una confrontación con el líder". A la inercia antiexportadora se sumó una limitación externa letal: "Europa no podía pagar; los Estados Unidos no querían comprar".
El libro otorga además una destreza histórica al radicalismo: "Crear la clase media. Eso es lo que hicieron los radicales que tuvieron una política tan audaz como la peronista y, en el fondo, más duradera, porque la clase media resultó tener mucha más capacidad para defenderse y por más tiempo que la clase obrera levantada por el peronismo".
A partir de 1975, Argentina ingresó en una espiral de decadencia indetenible. Son "cincuenta años inapelablemente malos, la herida en el cuerpo de varias generaciones de argentinos". El autor percibe un cambio irreversible en el paisaje social: "La sociedad argentina dejó de ser lo que era". Atrás quedó la década de 1960, la última etapa de crecimiento destacable en comparación con la región.
El imperio de la contingencia
Para narrar la historia reciente, Gerchunoff abandona las explicaciones estructurales para sumergirse en "el imperio del acontecimiento puro". El retorno democrático de 1983 ocurrió "en el contexto de una crisis de deuda que la nación no vivía desde 1890". Raúl Alfonsín logró legar la democracia, una reivindicación absoluta frente al pasado autoritario. Sin embargo, en el terreno material las restricciones fueron insalvables. El líder radical "hizo lo que pudo en materia económica".
El péndulo osciló hacia Carlos Menem, segundo presidente democrático. "El peronismo era un estilo político, un manual de conducción, no una determinada política o un conjunto definido e intocable de políticas públicas escritas en las tablas de la ley por el padre fundador", escribe Gerchunoff. En ese sentido, Menem en su versión del peronismo, instauró un modelo que "iba a ser una economía de mercado sin Estado productor y una alabanza sin medias tintas a la globalización". Logró calmar la urgencia social: "Menem satisfizo como nadie la ansiedad argentina con el dólar". Pero la convertibilidad escondía una trampa letal frente a la apreciación internacional de la moneda estadounidense: "Cuando el dólar se encareciera, la competitividad se perdería y vastos sectores, sobre todo de la industria antaño protegida, desaparecerían. Eso fue lo que ocurrió, sobre todo desde 1997, hasta que la arquitectura monetaria quebró en diciembre de 2001 en una espiral deflacionaria y recesiva".
El colapso de 2001 abrió paso al interregno de Eduardo Duhalde, a quien el libro inteligentemente conecta con la estirpe de los constructores institucionales. Leyendo La demora y la prisa puede pensarse a Duhalde como un Pellegrini contemporáneo.
"Al 'momento Duhalde': la combinación de tipo de cambio real alto y superávit fiscal fue efectivamente pellegrinista y se constituyó en el fundamento macroeconómico de un inesperado progreso material con baja inflación, que por algún breve tiempo mantuvo su sucesor". El sucesor de Duhalde fue Néstor Kirchner y al momento de asumir "en mayo de 2003, la economía estaba creciendo al 8% anual y la inflación era de apenas el 4% anual".
Era un momento propicio porque "podía haber una economía reformada con sustento popular. La economía no sólo seguía abierta, sino que ahora con un tipo de cambio real alto". Néstor Kirchner "podía ser visto como una corrección inteligente a los excesos de Menem, el final definitivo de la crisis". Según Gerchunoff, el modelo de tipo de cambio alto, inflación baja y crecimiento se dio hasta 2006.
El quiebre sobrevino poco después. "El punto de no retorno en el proceso de mutación de la política económica fue el conflicto de 2008 con el campo y con las clases medias urbanas que acompañaron al campo en su movilización. La retórica y la práctica eran ahora, nítidamente, de raigambre peronista, en la versión del Perón de los 40".
Bajo la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, se intentó recrear una mística insostenible. El periodo de expansión "popular que fue de 2009 a 2011, semejante a la fiesta de 1946 a 1948", se agotó velozmente argumenta Gerchunoff.
Aunque "Cristina Kirchner triunfó en las elecciones presidenciales de octubre de 2011 con el 54% de los votos, la victoria más holgada de la historia de la democracia", la realidad económica impuso sus límites. "Los mercados financieros se vengaron de los excesos". La mandataria, "jefa de una vieja coalición conocida, la del tipo de cambio bajo", decidió "ceder ante los especuladores y se negó a bajar los salarios reales. Instauró el control de cambios pocos días después de su victoria. Así comenzó su segundo y apagado mandato, signado por la pérdida de reservas, por la reversión proteccionista, por un nivel de gasto público que en términos del PBI duplicaba al de los años 80 y 90, por el nulo crecimiento". Este periodo consolidó la matriz de "Dólar barato, control de cambios y proteccionismo".
Finalmente reflexiona Gerchunoff: "En 2011 se abrió definitivamente la etapa de la penuria que ahora vivimos (¿o de la que estamos saliendo?)". Fueron "doce años [2011-2023] que, en conjunto, en la oscilación del péndulo entre la nostalgia nacional popular y la utopía liberal globalizante, ahogaron a la sociedad en la depresión, en la inflación y en la pobreza extendida, como había ocurrido entre 1975 y 1990".
Sobre el gobierno de Cambiemos de 2015 a 2019, Gerchunoff escribe: "Macri terminó su primer y único mandato con una inflación de algo así como el 50%, con el auxilio del FMI y retornando finalmente al control de cambios que en su momento inaugural había eliminado". Mientras que sobre Alberto Fernández analiza: "El kirchnerismo volvió en diciembre de 2019 sin haber cambiado mucho sus recetas, pero con la mala suerte de que una pandemia y una sequía lo obligaron a emitir pesos más allá de lo que el propio kirchnerismo podía definir como prudente. Alberto Fernández completó su gobierno en medio de un profundo desarreglo. Podía temerse que sin una moneda estable la propia nación, como en el siglo XIX, estuviera en peligro".
El drama principal radica en que "la Argentina pasó a tener dos monedas de ahorro". La falta de confianza pulverizó el peso. El texto subraya la profunda ironía: "Desde 1899, con todas las dificultades, pareció que la Argentina tenía una moneda nacional, una única moneda nacional. De alguna manera, para los aficionados a la larga duración, el último medio siglo es una burla a los esfuerzos de Pellegrini".
La pregunta por el futuro: ¿sin demora y con prisa?
El cierre del ensayo conecta con el presente. Tras años de deterioro, que dejaron un país "del 25% al 200% de inflación entre 2015 y 2023, con muchos pesos, pocos dólares, estancamiento y dinámica caótica", irrumpe la figura de Javier Milei.
Gerchunoff describe esta etapa surgida de la frustración al indicar la "política radicalizadamente fiscalista con que enfrentó la campaña electoral [Milei] y comenzó su administración, impregnada de una épica fundacional del capitalismo argentino (¿igual que en los años 90?) y hablándole, sin demora y con prisa, a un país nuevo que nada tiene que ver con el país y la sociedad del siglo XX, ni siquiera con el país del segundo centenario. Esos son los días que estamos viviendo, el comienzo de otro misterioso futuro del que poco tenemos que decir".
La pregunta por la Argentina y su destino político y económico desvela los análisis de Pablo Gerchunoff. Entre el pasado y el presente, entre la moneda y la producción, entre la clase media y los trabajadores, el autor busca salir de las etiquetas fáciles y pensar lo impensable. El recorrido, tan apasionante como sofisticado, otorga un libro que, en su conjunto, es una intervención intelectual capaz de ser leída con el mismo atractivo y entretenimiento que un buen relato literario. En él, y a través de distintos recursos, la historia argentina vuelve a aparecer para traernos otra mirada.
No se trata de la victimización sino del análisis de cómo se perdió la oportunidad de construir los Estados Unidos del Sur. Pero, sobre todo, La demora y la prisa deja pistas sobre el aprendizaje de esa lección y su apuesta al futuro, y fundamentalmente se trata de qué hacer con eso que ya nos pasó.


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