El Congreso como escenario de stand up

Cuando la política se mide solo en aplausos, las instituciones dejan de ser el marco que organiza el poder. Se vuelven apenas el decorado del show.
POLITICA05/03/2026

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Hay una escena que se repite todos los años en Argentina. El 1° de marzo el Presidente entra al Congreso y da inicio a las sesiones ordinarias.

Es uno de los pocos rituales institucionales que todavía sobreviven intactos: el mandato constitucional de que el jefe del Poder Ejecutivo se presente ante el Poder Legislativo y rinda cuentas ante la representación del pueblo. Al menos en el papel.

Porque lo que vimos en la última apertura de sesiones no fue exactamente eso. Fue otra cosa. Un espectáculo. Una escena que por momentos se parecía más a un show de stand up que a un acto republicano: el presidente gritaba, insultaba, se reía, cantaba. Lanzaba frases provocadoras y se detenía unos segundos para observar la reacción del público. Llegaba el aplauso. Sonreía.

El problema es que el escenario no era un teatro. Era el Congreso de la Nación. Y el público no era un grupo de espectadores que pagaron una entrada. Eran diputados, senadores y funcionarios públicos que respondían como una hinchada. Gritos. Cantos. Insultos.

Las instituciones, que deberían imponer un marco de solemnidad y límites, parecían haberse disuelto en una lógica de tribuna. El presidente lanzó frases que sintetizan bien ese clima: "Ustedes también podrían gritar porque soy presidente de ustedes aunque no les guste", "ustedes no pueden aplaudir porque se les escapa la mano en los bolsillos ajenos", "kukas, me encanta domarlos y hacerlos llorar", "sería divertido debatir con ustedes si supieran algo", y el favorito del público: "¿qué le pasa a la chilindrina troska?"

El problema de esta escena no es únicamente el contenido de las frases. Tampoco es simplemente la agresividad del tono. El problema es el lugar. El Congreso no es Twitter. No es un estudio de streaming. No es un acto partidario. Es uno de los espacios donde una democracia intenta recordar que el poder tiene reglas.

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Las instituciones existen justamente para eso: para introducir formas, protocolos y límites en medio del conflicto político. Para que la disputa no se convierta en espectáculo. Para que el poder no dependa únicamente del aplauso.

No se trata de exigir neutralidad ni de pedir una política aséptica. La confrontación forma parte de la democracia. El desacuerdo también. Tampoco se trata de negar que muchas de las críticas que el presidente dirige a la política argentina pueden tener fundamento. La corrupción existe. El corporativismo político existe. La mediocridad legislativa también. 

El problema no es que el presidente conteste. El problema es cómo y dónde lo hace.

Un presidente puede polemizar. Puede criticar. Puede señalar responsabilidades. Pero cuando el máximo representante del Poder Ejecutivo convierte el Congreso en un escenario para humillar, provocar y buscar la reacción de una tribuna, algo más profundo se deteriora. No es solo el tono del discurso. El mensaje implícito es claro: las instituciones ya no importan. Solo importa el espectáculo. Porque el espectáculo funciona.

Contrario a lo que muchos analistas creen, este estilo no parece erosionar el apoyo político del presidente. Al contrario: el circo gusta, el público crece.

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La lógica del espectáculo político tiene una ventaja decisiva: simplifica el conflicto. Reduce la política a una narrativa fácil de consumir. De un lado, el líder que "dice lo que nadie se anima a decir". Del otro, los enemigos que deben ser expuestos, ridiculizados o domados. Es una dinámica conocida y las redes sociales la premian. 

El problema es que si el Congreso se convierte en un escenario y la política en un espectáculo permanente, la democracia empieza a parecerse cada vez menos a un sistema de reglas y cada vez más a una competencia por ver quién logra el aplauso más fuerte.

 Y cuando la política se mide solo en aplausos, las instituciones dejan de ser el marco que organiza el poder. Se vuelven apenas el decorado del show. 

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