
Ocupar un vacío no es representar

Javier Milei ocupó un vacío de representación. Hoy, ese espacio amenaza con volver a vaciarse porque la Argentina está entrando en recesión representativa: distancia entre partidos y electores, descenso del interés por la política y un malestar que nadie consigue capitalizar.
El Ni Ni político avanza raudo. El 42% no se identifica con ningún partido (el valor más alto desde 2023) sin distinguir por género, edad o nivel educativo. El 63% declara estar poco o nada interesado por la política (18 puntos más que en 2025; Pulsar.UBA, agosto de 2026). Y si hace apenas dos años una mayoría veía el futuro con esperanza, ahora lo ve con pesimismo y atribuye responsabilidad al gobierno. Según una encuesta de julio de 2026 de Atlas Intel y Bloomberg el 62% desaprueba a Milei y el 70% evalúa de forma negativa la situación económica del país. La confianza en los partidos y el congreso es bajísima (ronda el 10% según distintas encuestas).
El temor estaba latente en los círculos de la grieta reconfigurada en el clásico peronismo (atrapatodo) – antiperonismo (ahora encarnado en La Libertad Avanza, lo que queda del Pro y sectores del radicalismo). Un estudio de Federico Aurelio le puso números: un 55% podría votar una alternativa ni kirchnerista ni mileísta.
Cuando se pidió a los encuestados elegir un espacio, el oficialismo quedó primero (con un notable 30%), el peronismo segundo (27%) y un nada desdeñable 23% se decantó por una hipotética tercera opción. Aunque tercera opción no significa outsiders, el olfato político de muchos lo ve venir: el vacío que Milei ocupó, pero no consigue llenar, podría ofrecer una oportunidad a otro outsider.
¿Qué es "representar"?
En democracia, las elecciones autorizan a ocupar el poder, pero "ganar una elección" y "representar" no son sinónimos. Representar implica un vínculo simbólico entre gobernantes y gobernados que es necesariamente bidireccional: quien gobierna puede apoyarse en el prestigio, el carisma, la autoridad, la proximidad o el conocimiento, pero necesita además establecer una relación con la ciudadanía.
Como mostramos en un capítulo de De Rosas a Milei. Una historia de la democracia directa en Argentina, no existe una única manera de representar. Alfonsín condujo la transición a la democracia apelando al diálogo y generando procesos emblemáticos de conversación pública (representación dialógica, participativa); Menem reformó el estado apoyándose en la intermediación de organizaciones, en especial los sindicatos (representación corporativo-asociativa); Macri apeló al saber experto y la gestión (representación tecnocrática, centrada en la estrategia de comunicación); el kirchnerismo se basó en la identificación entre líder y pueblo (representación populista, aunque mantuvo y amplió la articulación corporativo-asociativa).
Milei toma elementos de estos modelos, pero rompe con algo central: no busca reconstruir las mediaciones que están en crisis ni construye nuevos lazos. No ejerce su propia función de liderazgo y concentra su comunicación en el ataque personal a los adversarios con particular dedicación al periodismo y en su aparición en espectáculos dirigidos a sus más fieles seguidores. Podría no ser suficiente.
El estado de la economía influye sobre el ánimo público y el presidente lo sabe. No es casual que en estos días haya reconocido que las cosas no van bien. En el discurso por el 176° aniversario de la muerte de San Martín dijo: "los intentos de los tiranos de turno de sofocar la llama de la libertad siempre se apoyan en el descontento y la pobreza para romper con el orden [por eso] debemos dar la batalla cultural para explicar, una y otra vez, cómo esta prosperidad está basada y depende de los valores que nos hicieron grandes". Podría ser tarde.
Los límites de la representación negativa de Milei
La legitimidad de Milei no se apoya en un partido arraigado ni en un proyecto programático tradicional sino en una performance que convirtió el rechazo al sistema político en fuerza organizativa y electoral: el choque, la agresividad discursiva, la ruptura de códigos institucionales y el uso intensivo de redes y medios.
Sin embargo, la representación negativa alcanza para ganar una elección, pero no para gobernar. Cuando el outsider deja de estar afuera y pasa a ser el gobierno, la pregunta cambia: ya no se trata de contra quién representa, sino de a quién, cómo y para qué. Ahí aparece la paradoja de Milei: llegó al poder desde fuera, capitalizando la desafección, pero no parece haber transformado esa negatividad en un vínculo capaz de sostenerse desde dentro.






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