Más ricos, pero más rotos: la crisis de salud mental que golpea a los jóvenes del mundo desarrollado

Los menores de 35 años muestran niveles de angustia muy superiores a los de sus padres y abuelos. Un informe global citado por Martín Lousteau plantea una paradoja incómoda: cuanto más próspero es un país, peor parece estar la salud mental de sus jóvenes. Pantallas desde la infancia, vínculos débiles, ultraprocesados y pérdida del sentido de pertenencia, entre las posibles causas.
INTERNACIONALES05/08/2026

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Durante décadas, el mundo aceptó una ecuación casi sin discutirla: más crecimiento económico, más tecnología y más consumo debían producir una vida mejor.

Pero algo parece haberse roto.

Los países más ricos, más conectados y con mayor acceso a tratamientos psicológicos están criando a una generación con enormes dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana. Jóvenes que tienen más herramientas materiales que sus padres, pero que reportan niveles de angustia, soledad y desconexión mucho más altos.

La paradoja fue planteada por Martín Lousteau en su último newsletter, a partir de los resultados del informe Global Mind Health in 2025, elaborado por la ONG Sapien Labs.

El estudio analiza la salud mental de 2,5 millones de personas conectadas a internet en 84 países. Y el resultado central es tan contundente como incómodo: los jóvenes están mucho peor que los adultos mayores.

La salud mental de los jóvenes se desplomó

El informe utiliza el Mental Health Quotient, conocido como MHQ, una métrica que busca evaluar el funcionamiento mental, emocional, cognitivo y social de las personas.

Los mayores de 55 años obtienen, en promedio, cerca de 100 puntos, el nivel esperado para una población de referencia. Solo alrededor del 10% presenta resultados compatibles con un grado clínicamente significativo de afectación de la salud mental.

Entre los jóvenes de 18 a 34 años, el panorama cambia por completo.

Su puntaje promedio cae hasta 36 puntos y el 41% aparece dentro de un rango de afectación clínicamente significativo. En otras palabras, la proporción de jóvenes con serias dificultades de salud mental es cuatro veces superior a la registrada entre sus padres y abuelos.

La primera reacción podría ser atribuir esa diferencia a la edad. Pensar que los jóvenes siempre estuvieron más angustiados, desorientados o insatisfechos que los adultos.

Los datos históricos, sin embargo, contradicen esa explicación.

A comienzos de los años 2000, los adultos jóvenes eran el grupo que reportaba mayor bienestar. El deterioro comenzó durante la década siguiente, se profundizó con la pandemia y nunca terminó de revertirse.

No parece tratarse, por lo tanto, de una etapa natural de la vida. Algo cambió en el ambiente en el que están creciendo y viviendo las nuevas generaciones.

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La paradoja de los países ricos

El dato más sorprendente del informe es la relación entre riqueza y salud mental juvenil.

Cuanto más próspero es un país, peor tienden a estar sus jóvenes.

Entre las naciones con mejores resultados aparecen Ghana, Nigeria, Zimbabue, Kenia y Tanzania. En el extremo opuesto se encuentran Japón, Taiwán, Hong Kong, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda.

  • Incluso Finlandia, que suele ocupar los primeros lugares en los rankings internacionales de felicidad, aparece cerca del puesto 40 cuando se analiza específicamente la salud mental de los jóvenes.

La conclusión es difícil de ignorar: el crecimiento del PBI, el acceso a la tecnología y la expansión del consumo no garantizan, por sí solos, una vida emocionalmente más saludable.

Es más: determinados rasgos del modelo de vida de los países desarrollados podrían estar contribuyendo al problema.

Sociedades cada vez más individualizadas, familias con menos tiempo compartido, vínculos comunitarios más débiles, infancias atravesadas por las pantallas y una alimentación dominada por productos ultraprocesados conforman un ecosistema que parece especialmente dañino para los menores de 35 años.

Argentina, mejor que los países ricos pero lejos de estar bien

La Argentina ocupa una posición particular dentro del mapa global.

Los mayores de 55 años presentan resultados similares a los de su misma generación en otros países. Los jóvenes argentinos, por su parte, aparecen mejor que sus pares de Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido, Australia o Japón.

Pero eso no significa que estén bien.

La crisis de salud mental juvenil es un fenómeno extendido y la Argentina no está al margen. Lousteau menciona especialmente el aumento de los suicidios y los intentos de suicidio entre adolescentes y jóvenes, una tendencia que también se observa en distintos países del continente.

El deterioro convive, además, con un fuerte desfinanciamiento del sistema público.

La Ley Nacional de Salud Mental establece que al menos el 10% del presupuesto sanitario debería destinarse a esa área. Según los datos citados en el newsletter, en 2025 la proporción fue del 1,68% y para 2026 se asignó el 1,65%.

La discusión se volvió especialmente visible alrededor del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte, especializado en salud mental y adicciones. El establecimiento fue intervenido, sufrió despidos y el cierre de guardias, hasta que una decisión judicial ordenó restablecer su funcionamiento.

El contraste es evidente: mientras los indicadores advierten que cada vez más personas necesitan asistencia, el Estado reduce los recursos destinados a atenderlas.

Las cuatro causas detrás de la crisis

El informe identifica cuatro factores que, en conjunto, explicarían alrededor del 75% del deterioro de la salud mental entre los jóvenes.

Ninguno se resuelve únicamente con terapia, medicación o una aplicación de meditación. Todos tienen un fuerte componente familiar, comunitario y social.

1. Vínculos familiares cada vez más débiles

Las personas que mantienen relaciones familiares pobres tienen cuatro veces más probabilidades de ubicarse dentro del rango de angustia clínica que aquellas que conservan vínculos cercanos.

La calidad de las relaciones familiares durante la adolescencia también funciona como un poderoso predictor de la salud mental durante la vida adulta.

En este punto, la Argentina conserva una ventaja.

Alrededor del 70% de los jóvenes argentinos dice mantener cercanía con muchos integrantes de su familia. Solo República Dominicana registra un resultado superior, mientras que Finlandia presenta un nivel similar.

En Taiwán, Reino Unido y Alemania, en cambio, la proporción de jóvenes que reporta vínculos familiares estrechos es considerablemente menor.

La familia argentina podrá ser caótica, intensa y, muchas veces, invasiva. Pero sigue funcionando como una red de contención que buena parte de las sociedades desarrolladas perdió.

2. La pérdida del sentido de pertenencia

El segundo factor es lo que el informe denomina "espiritualidad".

No se refiere necesariamente a una religión, sino a la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo: una comunidad, una tradición, una causa política, un club, una fe, un barrio o un proyecto colectivo.

Los jóvenes que manifiestan un alto sentido de pertenencia obtienen, en promedio, 30 puntos más de salud mental que aquellos que no encuentran ninguna conexión trascendente.

La caída más fuerte se observa en Europa occidental, especialmente en países como Alemania, España y Reino Unido.

La Argentina aparece en una posición intermedia. Todavía conserva organizaciones sociales, identidades políticas, clubes, comunidades religiosas, familias extensas y redes barriales. Pero también atraviesa un proceso de fragmentación que podría debilitar ese capital social.

El problema no es solamente sentirse solo. Es creer que nada de lo que uno hace forma parte de una historia, una comunidad o un propósito más amplio.

3. El primer celular llega demasiado temprano

El tercer factor es la edad de acceso al primer teléfono inteligente.

La relación es directa: cuanto más temprano llega el celular, peores son los indicadores de salud mental.

Quienes utilizaron smartphones antes de los 12 años presentan tasas más elevadas de pensamientos suicidas, agresividad y sensación de desconexión de la realidad.

En Finlandia, los chicos reciben su primer teléfono antes de los 10 años. En Estados Unidos y Reino Unido, alrededor de los 12. En Tanzania y Uganda, cerca de los 18.

La Argentina se ubica dentro del promedio occidental, entre los 12 y los 13 años.

El celular no es solo un aparato. Es la puerta de entrada a una economía diseñada para capturar la atención, medir el valor personal en seguidores y "me gusta", estimular la comparación permanente y mantener a los usuarios dentro de una pantalla durante la mayor cantidad de tiempo posible.

Muchos adolescentes no están usando las redes sociales: están creciendo dentro de ellas.

4. Una dieta dominada por ultraprocesados

El cuarto factor es la alimentación.

Los países con mayor consumo de productos ultraprocesados entre los jóvenes son Estados Unidos, Corea del Sur, Reino Unido y Nueva Zelanda. En algunos casos, más de tres de cada cuatro jóvenes los consumen regularmente.

En el extremo opuesto aparecen Marruecos, Egipto y Yemen.

El informe estima que los ultraprocesados podrían explicar entre el 15% y el 30% de la carga vinculada con problemas de salud mental.

La Argentina aparece en la mitad del ranking: aproximadamente uno de cada dos jóvenes consume estos productos con frecuencia.

La dieta moderna ofrece alimentos baratos, rápidos, atractivos y diseñados para generar deseo. Pero desplaza comidas más nutritivas y altera hábitos que también cumplían una función social: cocinar, sentarse a la mesa y compartir tiempo con otras personas.

La "happycracia": cuando estar mal se convierte en culpa propia

Lousteau vincula estos datos con una crítica más amplia a la industria contemporánea de la felicidad.

En el libro Happycracia, la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas cuestionan la expansión de la psicología positiva, el coaching, los manuales de autoayuda y las aplicaciones de bienestar.

El problema no es que estas herramientas reconozcan el malestar. El problema aparece cuando presentan cualquier sufrimiento como una responsabilidad exclusivamente individual.

  • ¿El trabajo genera angustia? Hay que meditar.
  • ¿El salario no alcanza? Hay que cambiar la mentalidad.
  • ¿La persona fue despedida? Debe reinventarse.
  • ¿La vida se volvió incierta? Tiene que desarrollar resiliencia.

La operación consiste en transformar un problema colectivo en una falla personal.

La precarización laboral deja de ser una característica del mercado de trabajo y se convierte en incapacidad para adaptarse. La soledad estructural pasa a ser una mala relación con uno mismo. La incertidumbre económica se transforma en falta de tolerancia a la frustración.

Así, la felicidad deja de ser una consecuencia posible de una vida digna y se convierte en una obligación moral.

Y quien no consigue ser feliz, además de sufrir, se siente culpable.

Una industria que trata los síntomas

El crítico británico Mark Fisher planteó una pregunta similar en Realismo capitalista.

En lugar de preguntarse qué problema particular tiene cada joven deprimido, propuso analizar cómo una sociedad llegó al punto de producir millones de jóvenes deprimidos al mismo tiempo.

Cuando un fenómeno afecta a una generación entera, resulta insuficiente explicarlo únicamente a partir de la química cerebral o de los conflictos personales de cada individuo.

Estados Unidos y Reino Unido destinan miles de millones de dólares a tratamientos e investigaciones vinculados con la salud mental. Sin embargo, los indicadores juveniles continúan deteriorándose.

Eso no significa que la terapia, la medicación o la inversión sanitaria sean inútiles. Significa que ningún tratamiento individual puede compensar indefinidamente un ambiente que reproduce las causas del malestar.

Tratar a un joven que tuvo un celular desde los nueve años, casi no comparte tiempo con su familia, consume ultraprocesados todos los días y no encuentra ningún espacio de pertenencia puede aliviar su padecimiento.

Pero no modifica el ecosistema que lo produjo.

La industria del bienestar crece porque existe una demanda real. La pregunta incómoda es si también se beneficia de que las causas profundas nunca terminen de resolverse.

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El PBI no alcanza para medir una buena vida

El informe expone, en definitiva, los límites de una idea de progreso basada casi exclusivamente en el crecimiento económico.

El PBI puede medir cuánto produce una economía, pero no cuánto tiempo comparten los padres con sus hijos. Puede registrar el crecimiento de las empresas tecnológicas, pero no el efecto de las pantallas sobre los adolescentes.

Puede sumar el gasto en medicamentos y tratamientos, pero no distinguir si ese gasto aumentó porque la sociedad está más saludable o porque cada vez más personas se enferman.

La economía necesita crecer. Sin crecimiento es mucho más difícil reducir la pobreza, mejorar los servicios públicos o ampliar las oportunidades.

Pero una sociedad no debería considerarse exitosa únicamente porque produce y consume más.

También debería preguntarse si sus jóvenes pueden construir vínculos, encontrar un propósito, alimentarse bien, descansar, concentrarse y atravesar la vida cotidiana sin sentir que todo depende exclusivamente de ellos.

La gran paradoja de este tiempo es que las generaciones con mayor acceso a tecnología, información y bienes materiales son también las que parecen tener más dificultades para imaginar un futuro.

Quizás el verdadero progreso no consista solamente en vivir más cómodos.

Quizás también implique no criar hijos más frágiles, más solos y más angustiados que sus padres.

La nota quedó construida alrededor de una tesis fuerte, pero sin convertir los datos del informe en una sentencia definitiva ni presentar la atención profesional como algo innecesario.

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