
El éxito también puede enseñar a decidir mal

La presentación parece convincente. Para evaluar una nueva iniciativa, tu equipo estudió varias empresas exitosas. Todas crecieron con rapidez, apostaron por la tecnología, desarrollaron una cultura fuerte, dieron autonomía a sus equipos y sostuvieron la estrategia aun cuando aparecieron dificultades. Las coincidencias se ordenan como buenas prácticas y la conclusión parece evidente: si queremos obtener resultados parecidos, debemos actuar de una manera similar.
Nada de lo presentado es necesariamente falso. El problema es lo que no aparece. Fuera de la muestra pueden existir muchas empresas que también invirtieron en tecnología, construyeron culturas exigentes, descentralizaron decisiones y perseveraron, pero fracasaron. Como quedaron fuera del grupo de los ganadores, no fueron incluidas en el análisis. Sus decisiones, sus prácticas y sus resultados desaparecieron del PowerPoint.
Así opera el sesgo del superviviente: observamos a quienes atravesaron un proceso con éxito y extraemos conclusiones sin considerar a quienes hicieron algo parecido, pero desaparecieron antes de poder contar su historia. La muestra visible empieza a confundirse con la realidad completa.
Los que no regresaron no entran en el PowerPoint
El ejemplo clásico se remonta a 1943, durante la Segunda Guerra Mundial. Abraham Wald, matemático y estadístico de la Universidad de Columbia, analizó los daños observados en aeronaves de combate que regresaban de sus misiones. La recomendación inicial era reforzar las zonas con más impactos. Wald señaló el error: esos aviones habían logrado volver. Las áreas con menos impactos podían ser las más vulnerables, porque las aeronaves alcanzadas allí no integraban la muestra.
En la empresa sucede algo parecido. Se estudia a los emprendedores que persistieron hasta triunfar y se concluye que la perseverancia explica el resultado. Se observa a compañías que transformaron su negocio y se atribuye el éxito a la audacia. Se analizan organizaciones con culturas intensas y se presenta esa intensidad como ventaja competitiva. Pero rara vez se construye la muestra inversa: quienes perseveraron demasiado, intentaron transformarse sin comprender el mercado, apostaron con la misma audacia o desarrollaron culturas igualmente intensas y no sobrevivieron.
El error no consiste en aprender de los casos exitosos. Consiste en creer que esos casos permiten identificar, por sí solos, las causas del éxito. Una característica compartida por varios ganadores puede haber contribuido al resultado, ser irrelevante o incluso haber representado un riesgo compensado por otras condiciones. Sin comparar con los casos fallidos, no podemos saberlo.
Seleccionar los casos únicamente por sus resultados produce relatos atractivos, pero explicaciones débiles. Primero elegimos a quienes ganaron y después reconstruimos una historia en la que cada decisión parece haber conducido naturalmente hacia el desenlace. El azar, el momento, las condiciones iniciales, las ventajas no replicables y quienes aplicaron la misma receta sin éxito desaparecen de la narración.
La zona que el análisis no ve
La ausencia de los casos fallidos remite a un problema más amplio: los límites de aquello que una organización sabe que debe buscar.
La matriz del conocimiento —sabemos/no sabemos— permite ordenar ese problema. Hay cosas que sabemos que sabemos: datos disponibles, hechos reconocidos y capacidades identificadas. Hay otras que sabemos que no sabemos: información faltante, comportamientos inciertos o variables que requieren investigación. También existen cosas que no sabemos que sabemos: experiencia tácita, señales dispersas y conocimiento operativo que la organización posee, pero todavía no ha logrado hacer explícito.
Sobre estos tres territorios podemos actuar. Podemos verificar lo conocido, investigar las dudas declaradas y recuperar el conocimiento que permanece distribuido dentro del sistema. La zona más peligrosa es otra: lo que no sabemos que no sabemos.
Allí se encuentran las amenazas que todavía no tienen nombre, las oportunidades que nuestro marco actual no permite reconocer y las variables que no medimos porque nunca imaginamos que podían importar. Los casos ausentes no siempre pertenecen a esta zona: muchas veces podrían ser identificados si decidiéramos buscarlos. Sin embargo, muestran con qué facilidad un sistema puede tratar una ausencia como si fuera una inexistencia.
El sesgo del superviviente es especialmente peligroso porque convierte esa ausencia en tranquilidad. Como los casos visibles forman una historia coherente, dejamos de percibir que falta una parte de la muestra. No creemos estar ignorando información. Creemos haber comprendido.

La pregunta que no puede responderse de frente
Preguntar "¿qué no sabemos que no sabemos?" es intelectualmente correcto, pero operativamente insuficiente. Por definición, nadie puede enumerar aquello cuya existencia todavía desconoce. Si formulas la pregunta en una reunión y esperas una lista, probablemente obtendrás riesgos conocidos expresados con palabras nuevas.
La pregunta sirve para otra cosa: obliga a modificar el diseño de la búsqueda. Aquello que desconocemos sin saberlo no suele aparecer al observar con mayor atención el mismo tablero, preguntar a las mismas personas o estudiar más casos seleccionados con el mismo criterio. Aparece cuando el sistema se expone a evidencia que su marco actual dejaría afuera.
Eso exige formular otras preguntas: ¿qué empresas aplicaron una receta similar y fracasaron? ¿Qué hicieron quienes alcanzaron el mismo resultado por caminos diferentes? ¿Qué condición estaba presente en los casos exitosos y ausente en los demás? ¿Qué señal no estamos recogiendo? ¿Qué actor relevante no está representado en la conversación? ¿Qué evidencia demostraría que nuestra explicación es equivocada?
No se trata de adivinar lo imprevisible. Se trata de reducir la ceguera producida por una muestra cómoda.
El liderazgo de contraste frente a la evidencia ausente
Aquí el liderazgo de contraste adquiere una función precisa. No consiste en sumar otra opinión a una conversación que sigue trabajando sobre la misma evidencia. Consiste en usar la autoridad para ampliar aquello que puede entrar en la decisión: casos fallidos, excepciones, anomalías, perspectivas externas y datos que contradicen la narración dominante.
Un líder de contraste no se conforma con preguntar por qué funcionó. Pregunta para quién no funcionó, en qué condiciones dejó de hacerlo y qué parte del resultado podría explicarse por factores que no pueden copiarse. Tampoco acepta una lista de empresas admiradas como prueba suficiente. Exige conocer el universo del que fueron seleccionadas y la tasa base: cuántas intentaron algo semejante, cuántas sobrevivieron y qué diferencias relevantes existían entre unas y otras.
Esta disciplina se vuelve todavía más importante cuando la persona que impulsa una decisión tiene incentivos para mostrar solamente a los ganadores. Un benchmark puede dejar de ser una herramienta de aprendizaje y convertirse en una tecnología de legitimación: se eligen casos prestigiosos para dar apariencia de evidencia a una preferencia que ya existía. Cuanto más impecable es la presentación, más necesario puede ser preguntar qué quedó deliberada o metodológicamente fuera de cuadro.
El poder aumenta este riesgo porque las historias de éxito circulan hacia arriba con mucha más facilidad que los archivos del fracaso. Los ganadores dan conferencias, publican libros y explican retrospectivamente sus decisiones. Las empresas que desaparecieron dejan menos voceros, menos datos y menos relatos ordenados. La evidencia disponible llega sesgada antes de que comience la deliberación.
Antes de copiar al ganador
El éxito es una fuente valiosa de aprendizaje, pero también puede generar exceso de confianza. Quien ya ha triunfado corre el riesgo adicional de interpretar su trayectoria como prueba de que sus decisiones fueron las causas necesarias del resultado, subestimando el contexto, el momento, las ventajas iniciales y aquello que simplemente salió bien.
Por eso, antes de copiar una práctica ganadora o convertir una experiencia propia en regla, conviene someter esa conclusión a una prueba más exigente: ¿quién hizo lo mismo y fracasó? ¿Qué estamos aprendiendo del resultado y qué estamos suponiendo sobre sus causas? ¿Qué evidencia no está disponible porque los casos que la contenían dejaron de ser visibles?
No podemos eliminar lo que no sabemos que no sabemos. Sí podemos construir una organización menos satisfecha con la evidencia que confirma y más disciplinada para buscar aquello que su propio marco excluye.
En una próxima reunión, ante una presentación que muestre qué tienen en común las empresas exitosas, no olvides preguntar quién quedó fuera de la muestra y qué tendría que existir fuera de nuestro campo de visión para que esa explicación fuera peligrosamente incompleta.
El liderazgo de contraste empieza ahí: cuando el poder deja de pedir solo evidencia que vuelve plausible una decisión y crea las condiciones para que la evidencia ausente pueda llegar antes de que la realidad la presente por la fuerza.





El inesperado efecto Messi: una histórica golosina argentina desembarcó en Bangladesh
NEGOCIOS23/07/2026




Fundaciones de interés privado: cuando el patrimonio cambia de nombre, pero no de dueño
NEGOCIOS16/07/2026

BID Invest le da US$ 200 millones a Banco Macro para financiar pymes y acelerar el crédito en el Norte Grande
NEGOCIOS13/07/2026

El Merval tiene motivos para subir, pero se hace rogar: 5 acciones que pueden despertar a la Bolsa
FINANZAS27/07/2026


La inteligencia artificial no es una burbuja: aun así, los inversores pueden decepcionarse
FINANZAS28/07/2026

Caputo sale a buscar más de US$ 1.300 millones con una licitación clave y estrena un nuevo bono
ECONOMIA30/07/2026



