Leopoldo Moreau: "Axel y Cristina no representan dos proyectos distintos"

El histórico dirigente radical y exdiputado nacional disecciona el rumbo del Gobierno de Milei y advierte sobre el plan de convertir a la Argentina en una "factoría" dominada por monopolios tecnológicos. Además, desestima una ruptura ideológica entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof y proyecta el futuro de las PASO.
POLITICA03/07/2026

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Leopoldo Moreau es un auténtico sanisidrense cuya historia, atravesada por la militancia, los calabozos y el poder, se inauguró a partir de un capricho geográfico. 

En 1946, su madre regresaba en tren desde Paraná hacia Buenos Aires. El trabajo de parto la forzó a descender de urgencia en la estación de Rosario. Allí la familia debió instalarse cinco días en un hotel para inscribir el nacimiento. Aunque la contingencia lo volvió rosarino en los papeles, Moreau es un sanisidrense cabal; a los cuatro días de nacer ya estaba en el distrito bonaerense que marcó su vida, su identidad y su carrera.

La política habitó el aire de su casa desde la infancia. Sus tíos profesaban el socialismo y la radio transmitía los debates de un país en transformación. 

El interés definitivo brotó en 1958, al calor del histórico conflicto estudiantil entre "laicos" y "libres". La disputa giraba en torno a una nueva ley de educación: el bando laico defendía el monopolio del Estado para la emisión de títulos universitarios, mientras la facción libre exigía habilitar a las instituciones privadas y religiosas. En las calles y en los pasillos de los colegios, las cintas moradas y celestes dividían a una juventud inmersa en una efervescencia política total.

Poco después, un vecino lo invitó a un acto de la Unión Cívica Radical. Habló Ricardo Balbín. Esa oratoria lo cautivó para siempre, y trazó en él un rumbo.

Eran años de alta temperatura social. El ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires lo sumergió de lleno en la resistencia, detonada tras el golpe de Estado que derrocó al presidente radical Arturo Illia en junio de 1966. Entre ese año y 1972, Moreau fue preso en distintos momentos por enfrentar a la dictadura de Juan Carlos Onganía.

El encierro más extenso ocurrió en septiembre de 1966, en el penal de Devoto. Tras organizar una manifestación callejera a pocos meses del quiebre institucional, Leopoldo terminó confinado en un pabellón de presos políticos. La proporción de los reclusos constituía una radiografía del clima de época: compartía los pasillos con ocho comunistas, ciento cincuenta peronistas y apenas otro radical. Aquella convivencia forjó en su generación una mirada distinta, despojada del antiperonismo visceral latente en los dirigentes más veteranos.

Esa militancia de trinchera logró cauce institucional con la restauración democrática de 1983. Convertido en una figura clave del alfonsinismo, Moreau forjó una extensa carrera legislativa. Presidió la Cámara baja y ocupó bancas como diputado y senador. Su último ciclo como diputado nacional se extendió desde 2017 hasta 2025.

Actualmente, Moreau proyecta regresar al periodismo, su auténtica vocación, y retomar los micrófonos radiales. También su proyecto es continuar con la militancia porque es "un militante político por vocación, no de ocasión", detalla. 

Mientras relee biografías históricas y analiza el impacto social del Indio Solari —alguien en quien vislumbra los valores reclamados por la sociedad—, reflexiona sobre el presente. Desmenuza la coyuntura, advierte sobre los peligros del modelo mileísta y exige respuestas colectivas con la misma vehemencia de aquel joven orador.

"Siempre sentí una gran admiración por el Indio Solari. No sólo por sus cualidades musicales, sino por las humanas. Reunió a todas las capas sociales y a todas las generaciones. El concepto de patria estuvo muy presente en su despedida", detalla. 

—¿Y metafóricamente habrá un Indio en 2027? —le pregunta El Economista a Leopoldo Moreau. 

—Ojalá. Precisamente se necesita eso. Un Indio Solari para representar y canalizar no solamente la indignación creciente en la sociedad, sino la expectativa de un horizonte y de una esperanza. El Indio, en términos políticos, hubiera representado ese camino. Porque en su velorio había un sentido de expectativa y esperanza hacia el futuro; un deseo de que reaparecieran los valores representados por él —responde Moreau. 

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—¿Cómo analizás el momento que atraviesa el radicalismo?

—Me da una gran pena el radicalismo actualmente. Porque no tiene nada que ver con lo que fue el alfonsinismo. El radicalismo es una expresión meramente simbólica que perdió sus valores esenciales, su razón de ser, y apenas subsiste en ámbitos regionales o locales; como mucho, se mantiene en alguna provincia. Pero como fuerza política orgánica está prácticamente extinguido.

—¿Qué evaluación hacés del gobierno de Milei?

El de Milei es el gobierno más peligroso que enfrentamos desde la derecha. Alguien podría objetar que el gobierno militar fue más peligroso y tendría razón, porque puso en juego la vida o la muerte de los ciudadanos. Pero cuando lo llamo peligroso, lo digo en el sentido de que el gobierno de Milei se subió a la ola que la ultraderecha provoca en el mundo a través de una herramienta que predomina en la formación del sentido común: las plataformas digitales.

No subestimo para nada a Milei. Se subió a esa ola que no sólo le sirvió para ganar una elección, sino que sus iniciativas apuntan a satisfacer las demandas de los grupos que manejan las plataformas tecnológicas. Estos grupos, además, manejan el dinero del mundo a través de los fondos de inversión.

Esta es una nueva fase del capitalismo. Antes, al debatir sobre el sistema capitalista y sus tasas de rentabilidad, la referencia ineludible era Henry Ford o las grandes concentraciones industriales. Hoy el capitalismo ya no está representado por ese modelo.

En la revista Forbes se publica todos los años una escala de las grandes fortunas. De las diez fortunas más grandes del planeta, nueve están en manos de empresas tecnológicas y suman aproximadamente un fondo de capital de US$49 billones, un número que en muchos casos supera largamente el producto bruto interno de países desarrollados como Japón.

Esos mismos actores que administran los fondos de inversión, que carecen de las regulaciones que tenían los bancos antes, son a la vez los propietarios de las plataformas digitales. Tienen un capital que se multiplica a una velocidad extraordinaria. A su vez, utilizan la herramienta tecnológica para manipular la opinión pública, se meten en la vida cotidiana de la gente y determinan los gustos o las inclinaciones en materia de consumo.

Quien mejor sintetizó el significado de estos grupos, que pretenden que la inteligencia artificial gobierne y sustituya a los Estados, es Peter Thiel. Durante su reciente visita a la Argentina dijo con toda claridad que la democracia es incompatible con la libertad

—¿Qué implicaría para el país un segundo mandato de Milei?

—Nos transformaríamos no meramente en una colonia, sino en una factoría. Una colonia era el territorio administrado por un país dominante respecto a otro ocupado, con un gobierno colonial incluido. Una factoría es un territorio gobernado por empresas privadas desde afuera. 

La India, antes de ser colonia inglesa, fue una factoría porque la gobernaba una empresa llamada Compañía de las Indias Orientales, de capitales anglosajones. Las Malvinas, hasta la guerra, también eran una factoría. Estaban gobernadas por una empresa denominada Falkland Islands, cuyo directorio integraba, entre otros, el marido de Margaret Thatcher. Con el conflicto bélico, las islas adquirieron otro estatus. Hoy son un lugar estratégicamente importantísimo con una gran coalición militar. 

Milei apunta a hacer de la Argentina una factoría. Una factoría no necesita Estado, al contrario. Si un país es gobernado por la inteligencia artificial, ¿para qué tener universidades propias que desarrollen un modelo científico y tecnológico? ¿Para qué tener educación pública o fuerzas armadas? 

—Si para Peter Thiel la democracia resulta incompatible con la libertad, ¿qué idea de libertad manejan estos grupos?

—Para Peter Thiel la democracia le impone límites a la libertad, porque para él y otros popes tecnológicos las decisiones deben adoptarse a través de la inteligencia artificial y no por el pueblo

La democracia representa la decisión del pueblo a través de los procesos electorales. Ellos creen que eso recorta la libertad del individuo, ya que la democracia es un sistema político representativo de voluntades ubicadas por encima de lo individual. Se conforman mayorías a partir de conceptos o escalas de valores compartidos por la solidaridad o la ideología, y piensan que eso restringe la libertad individual. 

Hay un libro reciente llamado "Teoría de la dependencia digital". Aunque hay mucha literatura, este texto fue escrito por la economista argentina Cecilia Rikap, quien enseñó muchos años en Londres. Allí se contrapone la dependencia digital con la soberanía digital. En el mundo hay un debate, y el propio Papa sacó hace poco una encíclica referida a esta cuestión. En Europa, donde funciona el Parlamento Europeo, intentan imponer regulaciones al desarrollo de la inteligencia artificial. En Estados Unidos y el resto del mundo no ocurre lo mismo. 

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—¿Cuál es la mejor estrategia de la oposición para enfrentar a Milei y a estos grupos tecnológicos?

—Hay que crear conciencia respecto al momento actual. La victoria de Milei consiste fundamentalmente en borrar la memoria histórica y en cambiar la escala de valores y el sentido común. Busca quebrar la sociedad. 

Milei no solo promete romper el Estado desde adentro y lo lleva a cabo, sino que además rompe a la sociedad. La sociedad argentina está rota. Cada uno se vuelca a defender su propia baldosa. Desaparece el concepto de solidaridad. Se estigmatiza a los trabajadores organizados, a los inmigrantes y a los desocupados. Todo eso tiene una consecuencia en términos económicos. Por ejemplo, el caso de los trabajadores, que pierden poder adquisitivo de manera muy acelerada. 

Incluso Milei se jactó en ese sentido hace unos días y afirmó que en tres meses había hecho lo que había sido imposible para el gobierno militar. ¿Qué es lo que había sido imposible para el gobierno militar? Deprimir los ingresos de la sociedad. 

El ingreso disponible bajó a niveles inéditos con Milei. Hoy no sólo los sectores históricamente vulnerables, sino fundamentalmente los sectores medios, perdieron muchísima calidad de vida. El salario de un profesional de clase media está absorbido por el pago de tarifas de servicios públicos. El salario disponible es miserable. Por ese motivo crece el Producto Bruto Interno gracias a la actividad minera, la extractiva y la agropecuaria. A la vez aumenta la desocupación, cae el salario y sólo surgen puestos de trabajo precarios, como Uber.

—¿Cuál es el trasfondo de la interna política entre Cristina y Axel?

No estamos frente a una interna. Yo creo que todo el sistema político argentino sufre desconcierto frente a una nueva fase del capitalismo, y esto incluye de manera preponderante al peronismo, al ser la expresión individual más potente. Se busca la manera de enfrentar este panorama. 

Hay un gran desconcierto, y eso se traduce en una dispersión de las fuerzas políticas. Nunca en la Argentina estuvieron tan dispersas como ahora. Lo visible, obviamente, ocurre en el peronismo porque es la fuerza del sistema político más potente. Pasa lo mismo con el radicalismo: ¿qué es hoy? Prácticamente nada. ¿Qué es el socialismo hoy? Prácticamente nada. ¿Qué fue del republicanismo liberal que representaba Carrió? Nada, casi desapareció. El PRO enfrenta su desaparición. Por supuesto, nada de eso alcanza la repercusión de la confusión reinante en el peronismo, porque ningún partido tiene su tamaño, pero todo el sistema político padece una crisis de representatividad.

—Ante una eventual eliminación de las PASO mediante la reforma política, ¿de qué forma resolverá el peronismo sus diferencias internas?

—El Gobierno se aferra a la idea de eliminar las PASO. Lo último que busca es la existencia de un sistema político potente. Por ese motivo hará lo imposible para mantenerlo anarquizado, de la misma manera que mantendrá anarquizada a la sociedad mientras quiebra el Estado. 

Esta es una sociedad absolutamente anarquizada, donde desaparecieron las representaciones colectivas. Apenas mantiene una representación de ese estilo la Iglesia Católica. Las organizaciones políticas y sindicales sufren un estado de descomposición. Hasta no recomponer esas expresiones comunitarias, hasta no volver a la idea de una comunidad organizada sobre la base de la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza, este panorama no cambiará.

—¿Cómo resolvería la interna el peronismo sin las PASO?

Las PASO continuarán vigentes. El Gobierno no logrará imponer su eliminación en el Congreso. Hoy al radicalismo, a la Coalición Cívica y al propio PRO no les conviene la desaparición de las PASO, y obviamente al peronismo mucho menos. Por ese motivo creo que el Gobierno fracasará en su intento. Si no fracasa, habrá que buscar alguna otra forma de participación en elecciones internas abiertas, herramientas vigentes en la Argentina antes de la ley de PASO. 

El Gobierno quiere eliminar las primarias, entre otras cosas, para imponer un financiamiento de los partidos políticos proveniente en forma exclusiva del sector privado. Las PASO implican un financiamiento estatal; eso otorga cierto grado de paridad a las fuerzas políticas durante la competencia. La eliminación de las PASO trae aparejada la desaparición del financiamiento estatal.

—¿Hay un proceso parecido al de Cafiero-Menem en el peronismo?

—No, son momentos históricos diferentes. Cafiero y Menem representaron una diferencia conceptual importante. El cafierismo era una especie de réplica de lo que fue el alfonsinismo, por ese motivo llevaba el nombre de Renovación Peronista. Menem representaba los valores más tradicionales y ortodoxos del peronismo, que apenas asumió, dejó de lado para transformarse en un representante de la UCeDé en términos políticos. 

—¿Axel y Cristina representan dos proyectos distintos como el cafierismo y el menemismo?

—No, en términos de valores no. No representan dos proyectos distintos. Es otro tipo de confrontación, otro tipo de disputa. No se llega a ese extremo.

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—¿Terminarán acercando posiciones de cara al futuro?

La sociedad le reclamará al peronismo que sea la herramienta política para confrontar con Milei. Si hay un reclamo de distintos sectores ciudadanos en esa dirección, inevitablemente habrá una respuesta a esa demanda. En general, la política siempre se vincula con las necesidades de la gente.

En 1983 la sociedad exigía un gobierno como el de Raúl Alfonsín. Demandaba un gobierno para pacificar al país, pero a la vez para implementar la política de derechos humanos, memoria, verdad y justicia. Era una sociedad sin tolerancia para los golpes de Estado, la impunidad para matar y la falta de responsables frente a esos actos.

Se llegó a un nivel de hartazgo respecto a las interrupciones institucionales y las proscripciones previas. 

Si hoy la ciudadanía exige terminar con la miseria planificada de Milei, descartar la idea de eliminar las políticas públicas que igualan —como la educación y la salud pública— y acabar con esta visión deshumanizante; cuando esa demanda tome fuerza, algo que ya se insinúa con claridad, el peronismo sentirá la presión social por su propio volumen. Tendrá que expresar esa indignación frente a las políticas de este gobierno. Y deberá hacerlo en unidad.

—Kicillof no tiene denuncias de corrupción en su contra y proyecta la imagen de un dirigente honesto. ¿Ese atributo le resulta favorable al peronismo en el escenario comunicacional actual?

—En general, la honestidad es mayoritaria en la política, en cualquier fuerza partidaria. Lo que ocurre es que la deshonestidad, una categoría minoritaria, ocupa un lugar preponderante, sobre todo al ser agitada por aquellos medios que encuentran en ese ejercicio la oportunidad de desprestigiar a la actividad.

Lo que estará en juego en esta elección son, precisamente, estos dos grandes modelos de sociedad. Uno, el de la miseria planificada que representa Milei. Y el otro, el de la recomposición y la reconstrucción de los lazos sociales, donde prime la solidaridad y la resolución de problemas estructurales excluidos de la agenda de manera deliberada, como la deuda externa.

Se habla mucho del superávit fiscal y de la no emisión. Obviamente, yo no soy partidario de alentar la emisión ni tampoco estoy en contra del equilibrio fiscal, que no es lo mismo que el superávit. Estoy a favor de un equilibrio fiscal sostenido por los sectores de mayores recursos, y no alimentado por los sectores más débiles de la sociedad, que es lo que ocurre hoy.

El desafío es armar esa agenda: la del desarrollo industrial de la Argentina, la de la distribución del ingreso y, sobre todo, la de la resolución de la deuda. A pesar de lograr el equilibrio fiscal, el país sigue con un gravísimo problema estructural: la deuda externa. Somos la nación más endeudada del planeta. Ocupamos el primer lugar entre los deudores del FMI.

—En caso de un triunfo en 2027, ¿cómo hará el peronismo para afrontar los vencimientos de deuda sin contar con el prestamista de última instancia, Scott Bessent?

—Hay que ver si ese prestamista de última instancia continúa al poder después de las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Paradójicamente, la globalización no siempre juega a favor; también puede jugar en contra. Hoy el destino del gobierno de Milei depende en buena medida del resultado electoral de Trump en Estados Unidos.

Así como jugó a su favor el año pasado en las legislativas, una eventual derrota de Trump en las elecciones de medio término de noviembre puede jugar en contra durante las elecciones de 2027.

La política más importante, como ya se dijo, es la internacional. Muchas veces tenemos una mirada de isleños y creemos que somos lo más importante, o que el ombligo del mundo es la política interior.

Por supuesto que es relevante, pero la prioridad es la política internacional, porque a partir de allí se diseñan las etapas históricas.

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—¿Qué tan importante es para la oposición la reelección de Lula en Brasil?

—Muy importante, porque Lula es el último bastión del modelo nacional, popular y progresista en América Latina, que resiste precisamente por ser Brasil. Lula tiene la espalda ancha al representar a un país con fronteras con casi toda Sudamérica. Por ese motivo, tiene incidencia y comercio en toda la región. Es una de las economías más desarrolladas a nivel global; se ubica entre los primeros ocho países del mundo y, sobre todo, cuenta con una burguesía nacional fuerte.

Todo el desarrollo industrial de Brasil respondió a un modelo inalterable para cualquier gobierno; ni siquiera la dictadura militar brasileña modificó ese camino. Fue una política de Estado adoptada por la propia burguesía nacional: la defensa de los valores y de la economía autónoma del país. Algo que no ocurre en ningún otro lugar de América Latina.

No ocurre en la Argentina actual. Sí pasó entre 2003 y 2015. Por ese motivo el país dio un salto en materia de desarrollo científico y educativo, y se lograron los mejores salarios de la región.

Pero hoy eso ya no pasa, ni en Argentina, ni en Perú, ni en Bolivia, ni en Ecuador. Brasil tiene una potencia enorme no sólo por su desarrollo industrial, sino por preservar su autonomía con los recursos naturales.

Petrobras recuperó su capacidad, al igual que YPF en Argentina. En medio de una política mileísta declarada antiestatal y proliberal, la empresa más importante del país es YPF, una compañía estatal.

—Ante un eventual cambio de signo político, ¿de qué manera debería vincularse el próximo gobierno con los factores de poder y la burguesía nacional? ¿Es posible pensar en una burguesía de corte popular conviviendo con otra de perfil tecnológico?

—Sí, es posible. El problema es que en Argentina no hay una burguesía nacional, o su expresión resulta muy débil. Los grandes grupos económicos por lo general se vinculan directamente con los centros de poder internacional y miran hacia allí.

Además, ante la falta de una conciencia nacional, la ganancia de la burguesía se transforma en fuga de capitales. Esa fuga lleva a la descapitalización del país, lo cual obliga al endeudamiento externo o a la emisión. 

La emisión o la deuda externa se vinculan con la falta de una burguesía nacional cuya acumulación de capital sirva para el desarrollo industrial. Un país que mueve su economía con el consumo interno o tiene recursos naturales extraordinarios, en lugar de utilizarlos para movilizar la economía, los emplea con un sentido extractivista para regalarlos a los grandes grupos internacionales. Eso pasa con el RIGI o el súper RIGI: nos dejará sin los recursos y sin la renta, que quedará en el exterior.

—Sobre Cristina Kirchner, ¿qué se puede analizar de su presente? ¿Cómo está ella hoy?

—Está fuerte frente a una enorme injusticia: el hecho de estar presa, a pesar de ser inocente. No fue posible demostrar ningún tipo de culpabilidad dentro de los parámetros normales del Estado de derecho o los códigos procesales. Por ejemplo, está condenada en la causa Vialidad, donde no hay ninguna prueba documental, testimonial ni funcional que la comprometa. Ella era presidenta de la Nación y los hechos imputados ocurrieron en la provincia de Santa Cruz, en una escala de veinte funcionarios que estaban por debajo suyo.

Le aplicaron lo que se denomina delitos penales de guerra. A ella la condenan porque debió saber tal cosa. Si fuera sobre la base de ese concepto, donde el presidente debe saber lo que ocurre por debajo en términos de la administración pública, todos los presidentes estarían presos.

—¿Está en sus planes volver a presentarse como candidata?

—No depende de deseos. En realidad, hasta dejó de presentarse en las oportunidades donde pudo hacerlo y no se refugió detrás de los fueros. Por ejemplo, pudo volver a ser candidata a presidenta en 2023 y no quiso. Es más, a mi juicio, incluso cometió un error: aceptar ser juzgada por un tribunal común siendo vicepresidenta de la Nación. Al presidente y al vicepresidente hay que someterlos a juicio político antes de ponerlos frente a un tribunal común. Por eso existe esa institución.

El caso de Trump sirve como ejemplo. Asumió la presidencia hasta con condenas y causas procesales, y nunca se presentó a esas causas; ni siquiera era presidente, era expresidente. Lo que ocurre es que en Estados Unidos a los expresidentes se los trata del mismo modo que a los presidentes en ejercicio. 

—¿Y por qué Cristina no fue candidata a diputada o senadora en 2023?

—Creo que por dos razones, aunque es una opinión  personal. No lo he hablado con ella, pero es mi apreciación. 

En primer lugar, porque no quería aparecer utilizando la candidatura para blindarse frente a los procesos judiciales; para que no le imputaran el uso de los fueros como protección. Algo que nunca hizo, porque tampoco tuvo fueros entre 2015 y 2017. Y creo, además, que ella pensó que su candidatura en 2023 tal vez no era lo suficientemente potente como para reunir la voluntad mayoritaria de todo el peronismo. A mi entender, fue un error y debió ser candidata. Pero eso es contrafáctico, es hablar con el diario del lunes.

—Respecto al planteo de Pichetto de otorgar inmunidad a los expresidentes para blindarlos, a imagen del modelo estadounidense, ¿habría acuerdo con una medida de ese estilo? ¿Incluso si beneficiara a Macri y a Milei?

—En el sistema político de lo que se denomina la república siempre hay que darle preponderancia a los órganos que representan la voluntad popular; es decir, el Congreso y el Poder Ejecutivo. La Justicia debe cumplir un rol de contralor, pero no necesariamente de contrapoder, y mucho menos ostentar la totalidad del poder como pretenden ahora. Porque eso está en línea con las necesidades de actores como Peter Thiel, y también con los modelos autoritarios, donde el poder se concentraba en una sola de las expresiones republicanas.

Hoy el poder económico percibe al Poder Judicial como la herramienta para ponerle límites a los procesos democráticos, no solamente en la Argentina, sino en toda América Latina. Por eso concentraron tanto poder. En el caso argentino, es un poder descompuesto por su vínculo no sólo con los grandes grupos económicos, sino también con los servicios de inteligencia. Así, se fue apropiando de las facultades de los otros poderes del Estado.

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