Milei no reelegirá en 2027, pero sus ideas quizás sí

Un presidente puede no reelegir. Sus ideas, en cambio, sí.
POLITICA09/03/2026

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En mi columna anterior sostuve algo que para muchos sonó provocador y baitero: Javier Milei no reelegirá en 2027.

No porque sea imposible, sino porque el comportamiento político, en vísperas de un proceso reeleccionario, más que obedecer a una inercia previa, tiene que ver con una atmósfera dónde raramente coinciden dos variables decisivas al momento de concurrir a las urnas: cash y expectativas.

En tal sentido, los climas reeleccionarios se sienten primero en la calle, en el humor social, antes que en los estudios de televisión o en las encuestas que intentan anticiparlo todo.

Pero hay un matiz importante que merece una segunda reflexión, complementaria de aquella, su lado B: un presidente puede no reelegir.

Sus ideas, en cambio, sí.

Para pensar esto conviene ir a un lugar inesperado: un cuento de Jorge Luis Borges. En Deutsches Requiem, el narrador, un oficial nazi condenado tras la derrota alemana, escribe desde su celda antes de ser ejecutado. 

Su causa ha sido vencida de manera absoluta. El mundo que defendía se ha derrumbado. Sin embargo, el personaje sostiene algo inquietante.

Las ideas no se matan

Alemania perdió la guerra, sí. Pero la verdadera victoria de una ideología no siempre depende del resultado militar ni del destino de quienes la encarnaron.

"Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque?". 

Firmado Otto Dietrich zur Linde, el narrador alemán liberándose de su pesado equipaje, la noche previa a enfrentarse con el fin en el marco del relato borgeano.

Es decir, lo decisivo es si algunas de sus premisas logran infiltrarse en el mundo que viene. Las guerras terminan. Las ideas, en cambio, pueden sobrevivir.

Por cierto, algo que uno de los grandes padres de la Patria, Domingo Faustino Sarmiento, dejó estampado para la posteridad en una roca de los Baños de Zonda de nuestra bellísima provincia cordillerana de San Juan, hoy gran realidad y promesa minera del RIGI.

La historia política está llena de esos triunfos invisibles. Cuando Margaret Thatcher dejó el poder en 1990, muchos interpretaron el final de una era. 

Sin embargo, años más tarde, cuando Tony Blair llegó al gobierno con el proyecto del Nuevo Laborismo, varias de las premisas económicas que organizaban el debate británico seguían siendo las que Thatcher había instalado.

La frase de Thatcher fue brutalmente clara: "Mi mayor logro fue el Nuevo Laborismo". 

No había ganado la elección. Había impuesto el marco, había cumplido su misión: sellar el diseño de la nueva cancha.

Salir del closet

Eso ocurre cuando una fuerza política logra algo más profundo que triunfar en las urnas: cambia los límites de lo discutible, mueve el mojón de la conversación pública.

Durante décadas en Argentina ciertas ideas eran políticamente imposibles de sostener en voz alta.

Desde hablar del equilibrio fiscal como una condición estructural del Estado, hasta cuestionar el tamaño del sector público como problema político central.

En definitiva, polemizar en profundidad acerca de esa suerte de adagio no escrito, pero flotando en el ambiente: todo bicho que camina va a parar al Estado. 

Atenti: ello valió tanto para la escudería celeste, como para la amarilla. A quién le quepa alguna duda, pregúntese por un minuto qué actividad dejó en manos privadas cualquiera de esas dos grandes coaliciones hoy en franco desbande y retirada.

Pero volvamos aquí: hablo de expresar una desconfianza abierta hacia la política profesional. Esas posiciones existían, por supuesto, pero habitaban en el margen del debate público.

Así ocurrió en la ya no tan maldita década del 90, cuando un viejo lobo de mar como Carlos Menem administró esa novedosa medicina, aunque todavía en pequeñas dosis, mediante la invitación a participar en política a figuras ajenas al gremio como Palito Ortega, Carlos Reutemann y Daniel Scioli.

A diferencia de aquella época, hoy ello circula con una naturalidad que hace pocos años hubiera parecido imposible, siendo ahora irrelevante insistir alrededor de mi análisis acerca de la suerte que correrá el actual presidente Milei en la eventual búsqueda de su reelección en 2027.

E inclusive, especular sobre los avatares que sufrirá su nueva fuerza política, configurándose actualmente en tiempo real y, vale remarcar, con una previsible gravitación que mantendrá por varios años, dado el sistema de renovación legislativa por tercios prevista en nuestra Constitución.

Por si alguien necesita mayores detalles: el paisaje del Congreso Nacional estará inundado por varios años de cosplayers, streamers y fisicoculturistas como Lilia Lemoine, Sergio "Tronco" Figliuolo y Laura Soldano, entre otros.

Ganar la paz

En este plano, hoy prefiero  plantearme una pregunta mucho más interesante: ¿qué pasará si dentro de algunos años gobiernos de distinto signo sean peronistas, radicales, localistas o de coaliciones aún inéditas, terminan gobernando dentro de algunas premisas instaladas por Milei?

Si el equilibrio fiscal se vuelve una frontera política infranqueable, si el tamaño del Estado deja de ser un tabú o si mantener una relación internacional adulta con Estados Unidos sale de la zona del trauma estúpido. Incluso si sus adversarios empiezan a discutir en un lenguaje parecido, más allá de la impronta personal de cada uno.

En tal caso, el resultado electoral de 2027 podría volverse un dato secundario o, de mínima, no tan relevante. Porque el verdadero triunfo político no siempre ocurre en las urnas. A veces sucede antes, cuando las ideas o el estilo de alguien comienza a ser utilizado por sus adversarios.

En ese momento, la batalla visible sigue existiendo, pero el terreno ya cambió. Volviendo a nuestro gran prócer literario, Borges había llevado esta intuición todavía más lejos.

En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, uno de sus cuentos más célebres o, más bien, colosales; el narrador descubre que una sociedad secreta ha inventado un mundo ficticio, cuya coherencia filosófica comienza lentamente a reemplazar a la realidad.

Una nueva metafísica

En ese universo imaginario, las enciclopedias se reescriben y sus objetos ficticios comienzan a aparecer en nuestro mundo. Esa atracción es tan potente, que llega al punto dónde los hombres terminan prefiriendo ese universo imaginado, porque es más ordenado que el real.

Nota al margen: ¿habrá sido el lenguaje inclusivo un intento fallido en ese plano? ¿O quizás los Therians un burdo ensayo más, dentro de una larga saga de experimentos?

¡Pero volvé aquí Daniel! Entonces Borges escribe una frase que parece menor, casi doméstica: "El mundo será Tlön. Yo no hago caso".

Mientras el planeta se reorganiza alrededor de una nueva metafísica, de un nuevo relato, de un nuevo sistema o, mejor dicho en cordobés, de un nuevo chamuyo; el narrador persiste en seguir corrigiendo su traducción de Browne en los tranquilos días de un hotel de Adrogué.

Pero leída desde la política, esa escena sugiere algo más profundo. Las ideas tienen una forma peculiar de conquistar el mundo. No necesitan ganar todas las batallas. Les alcanza con modificar el paisaje mental en el que se libran.

Cuando eso ocurre, el proceso suele ser silencioso. Un día ciertas ideas parecen extravagantes. Algún tiempo después, se vuelven discutibles. Y finalmente terminan pareciendo inevitables. En ese momento, el mundo ya cambió.

A modo de epílogo: reorganizar la realidad

Los gobiernos pasan. Los presidentes también. Pero las ideas, cuando logran instalarse en la imaginación colectiva, empiezan a operar como Tlön: reorganizan la realidad sin pedir permiso.

Quizás por eso la pregunta relevante para 2027 no sea solamente si Milei será reelegido. La pregunta más interesante es otra.

Si dentro de algunos años el sistema político argentino discute, decide y gobierna dentro de las premisas que él instaló, entonces el resultado electoral será casi anecdótico.

Porque para entonces, como en el cuento de Borges, el mundo ya habrá empezado a parecerse a Tlön.

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