Los menores de 35 años muestran niveles de angustia muy superiores a los de sus padres y abuelos. Un informe global citado por Martín Lousteau plantea una paradoja incómoda: cuanto más próspero es un país, peor parece estar la salud mental de sus jóvenes. Pantallas desde la infancia, vínculos débiles, ultraprocesados y pérdida del sentido de pertenencia, entre las posibles causas.