
Los pobres también son personas

Hay una pregunta que como sociedad evitamos hacernos porque no tiene una respuesta cómoda: ¿qué dice de nosotros que nos moleste más una persona durmiendo en la puerta de un edificio que la vida que tuvo que llevar para terminar ahí?
Nos irrita el cuerpo ajeno cuando interrumpe nuestra normalidad. El colchón en la vereda, la bolsa como almohada, el olor, la presencia. Decimos que "afecta la convivencia", que "no se puede vivir así", que "alguien tendría que hacer algo". Pero rara vez ese "algo" incluye mirar de verdad. Rara vez incluye preguntarnos cómo se llega hasta ahí.
Porque nadie llega a la calle de un día para el otro. La calle no es una elección repentina ni un estilo de vida alternativo. Es, casi siempre, una etapa final: el último lugar cuando ya no queda ninguno más.
Se llega después de perder el trabajo. Después de no poder pagar un alquiler. Después de que un vínculo se rompe. Después de enfermarse. Después de agotar favores, paciencia, redes, tiempo. Se llega cuando el margen de error ya no existe. Cuando cualquier imprevisto —una deuda, una discusión, una recaída, una internación— se vuelve irreversible.
Y, sin embargo, insistimos en pensar la pobreza como una decisión individual. Como si vivir a la intemperie fuera una preferencia. Como si alguien eligiera el frío, el miedo, la violencia cotidiana, la exposición permanente. Como si la calle fuera cómoda.
La vida en la calle no es solo la falta de techo. Es la ruptura del tiempo, del cuerpo y de la identidad. Es aprender a estirar el hambre, a normalizar el vacío, a esperar. Es vivir pendiente del clima: si a la noche llueve, hay que correr, buscar algún techo, una entrada, un toldo, cualquier cosa que permita no empaparse, no enfermarse, no pasar la noche temblando. Es dormir mal o no dormir. Es despertarse sobresaltado. Es no tener dónde bañarse, dónde ir al baño, dónde guardar nada. No tener intimidad nunca. Es vivir alerta todo el tiempo. Cuidar lo poco que se tiene como si fuera todo. Porque lo es.
Es que la gente que pasa por al lado te mire mal, se tape la nariz, cruce de vereda. Que gire la cara como si no existieras. O que te tenga miedo. Y aprender a convivir con eso: con ser visto como una amenaza, como algo sucio, como algo incómodo. Es tener miedo. Miedo de que vengan a levantarte. A "limpiarte". Miedo de que te saquen lo poco que te queda. Miedo de otros, y miedo del propio cuerpo cuando empieza a fallar.
La calle no solo expone al frío y al hambre. Expone a la humillación constante, a la violencia cotidiana, a la sensación de no valer nada. Es una forma extrema de desgaste. Un desgaste lento y persistente que va rompiendo no solo el cuerpo, sino también la posibilidad de imaginar otra vida.
En ese contexto, muchas personas empiezan a consumir. No porque "les gusta", no porque "así son", sino porque el cuerpo y la cabeza buscan anestesia. Porque hay dolores que, sin ningún tipo de red, se vuelven insoportables. El consumo aparece, muchas veces, como consecuencia de la calle, no como su causa. Pero preferimos invertir el orden: es más fácil culpar que entender. Es más tranquilizador pensar que el problema está en ellos y no en la sociedad que los empujó hasta ahí.
También preferimos creer que quien rechaza ayuda lo hace porque quiere seguir así. Como si rechazar fuera lo mismo que elegir. Como si todas las personas tuvieran las mismas herramientas para confiar, para proyectar, para imaginar una vida distinta. Cuando lo único que se conoce es la exclusión, lo desconocido no siempre se vive como una oportunidad: a veces se vive como una amenaza.
Hay datos que incomodan porque rompen el relato. La mayoría de las personas en situación de calle no llegó ahí por consumo, sino por problemas laborales y económicos. Más de la mitad trabaja. La enorme mayoría está en edad activa. No estamos frente a una "minoría irrecuperable", sino frente a trayectorias rotas por un sistema que ya no garantiza lo básico, aún cuando se hace todo "como corresponde".
Y hay otro dato todavía más incómodo: cuando la política decide intervenir poniendo a la persona en el centro, las trayectorias cambian. Hoy, en la Ciudad de Buenos Aires, no hay niños viviendo en la calle. No porque la pobreza haya desaparecido, sino porque hubo una decisión clara de no naturalizarla. Porque alguien entendió que ciertas situaciones no son opinables, que no todo puede dejarse librado al mercado, a la buena voluntad o a la suerte.
Eso demuestra algo fundamental: la calle no es inevitable. La pobreza no es un destino. Hay soluciones posibles cuando la política deja de administrar la exclusión y empieza a hacerse cargo.
Entonces, quizás, el problema no sea que haya personas durmiendo en la calle. El problema es que aprendimos a convivir con eso sin sentirnos interpelados. Que nos moleste la escena, pero no la estructura que la produce. Que nos irrite el cuerpo visible, pero no la desigualdad invisible que lo empujó hasta ahí.
Decimos que la política no sirve, que es una mala palabra, que es ajena. Pero sin política solo queda el egoísmo administrado: cada uno defendiendo su metro cuadrado de tranquilidad mientras la exclusión se acumula en la vereda de al lado. Sin política, la solidaridad se vuelve un gesto individual, frágil, insuficiente.
Pensar la pobreza no es un acto de sensibilidad personal ni de buena conciencia. Es una pregunta colectiva. Es decidir si estamos dispuestos a vivir juntos de verdad, o solo a tolerarnos mientras no nos molestemos demasiado.
Los pobres también son personas. Ignorar eso no nos vuelve neutrales. Nos vuelve indiferentes. Y la indiferencia —cuando se vuelve costumbre— también es una forma de violencia.






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