Caso Adorni: cuando se rompe una narrativa política

Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, cualquier señal que parezca contradictoria con el discurso principal adquiere una potencia enorme.
POLITICA16/06/2026

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Muchos análisis sobre la caída en la imagen del Gobierno durante los últimos meses parten de una premisa que probablemente sea cierta, pero insuficiente por sí sola: que el principal problema es la economía. 

La economía manda, es cierto. 

Pero la política rara vez es solamente economía. También es confianza, expectativas y sentido. Todo se relaciona. Y por eso creo que el caso Adorni no es un tema menor, independientemente de cuál sea la valoración que cada uno haga sobre los hechos concretos.

Algo de esa lógica (salvando las enormes distancias) aparece hoy en el debate alrededor de Manuel Adorni. No porque ambos casos tengan la misma gravedad. No la tienen. Pero sí porque existe un elemento común: el impacto que ciertos episodios pueden tener sobre las palabras y las ideas que sostienen un proyecto político.

Javier Milei no llegó al poder solamente por una propuesta económica. Llegó al poder porque construyó una explicación moral de la realidad que millones de personas hicieron propia. Había una casta que vivía de privilegios mientras la gente común hacía el esfuerzo. El cuento era simple: en Argentina no hay plata por culpa de la política y había que terminar con eso. Esa fue la promesa. Y desde ahí muchos interpretaron el ajuste, los sacrificios y las dificultades del presente. 

Por eso creo que el problema no está tanto en los detalles del episodio como en lo que simboliza. 

Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, cualquier señal que parezca contradictoria con el discurso principal adquiere una potencia enorme. Y en todo este episodio fueron apareciendo frases, imágenes y anécdotas que probablemente sobrevivan mucho más que la discusión original: “deslomarse en Nueva York”, “apenas periodista”, Aruba, la cascada o el pendrive. 

La política funciona muchas veces de manera simbólica. No porque los hechos no importen, sino porque las personas suelen recordar aquello que resume una historia de manera simple y contundente.

Hay un caso bastante interesante de la política británica que ayuda a entender este fenómeno. En 2009 estalló en Reino Unido el escándalo de los gastos de los parlamentarios. No se trataba de una gran trama de corrupción multimillonaria. Lo que apareció fue una larga lista de gastos que los legisladores cargaban al Estado, en un contexto de esfuerzo de la sociedad: arreglos de viviendas, mantenimiento de propiedades y distintos beneficios que, en muchos casos, incluso podían estar formalmente permitidos. Sin embargo, hubo un detalle que terminó llevándose toda la atención. Se descubrió que un parlamentario había presentado gastos para que el Estado financiara una pequeña casita para patos en el estanque de su propiedad. La famosa duck house.

Lo interesante es que casi nadie recuerda hoy los detalles completos de aquel escándalo. Pocos recuerdan los expedientes o los montos. Lo que quedó fue la duck house. Porque resumía perfectamente algo que una parte importante de la sociedad ya sentía: que había dirigentes que vivían bajo reglas distintas a las del resto. En plena crisis económica, mientras la gente hacía esfuerzos, aparecía una imagen que representaba privilegio, desconexión y abuso. La casita para patos terminó siendo mucho más poderosa que miles de páginas de investigación.

Y ahí es donde creo que aparece una enseñanza interesante para entender el caso Adorni. Probablemente dentro de unos años muy poca gente recuerde exactamente cuál fue la discusión original. Lo que puede quedar son los símbolos. Porque los ciudadanos rara vez recuerdan expedientes o aclaraciones técnicas. Recuerdan historias, imágenes y frases. Y cuando esas frases empiezan a representar una contradicción entre lo que un gobierno dice y lo que una parte de la sociedad percibe, adquieren una fuerza enorme. Del mismo modo que la duck house terminó representando los privilegios de una parte de la política británica, algunas de las imágenes asociadas a este episodio pueden terminar funcionando como atajos mentales para una discusión mucho más grande: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

La política argentina está llena de ejemplos similares. La foto de Olivos durante la pandemia fue poderosa. Las “14 toneladas de piedras” durante la reforma previsional de 2017 terminaron condensando el clima de conflicto político de aquella etapa. Los hechos importan, por supuesto. Pero muchas veces son las imágenes y los símbolos los que quedan grabados en la memoria colectiva. Y cuando una palabra o una idea central comienza a ser asociada con contradicciones, el daño suele ser mucho más profundo de lo que muestran las encuestas en el corto plazo.

Y cuando las acciones empiezan a entrar en tensión con aquello que las palabras prometían representar, el significado comienza a erosionarse. Hasta que llega un momento en que dejan de ordenar la realidad y pierden capacidad de movilización. Ahí la discusión deja de ser sobre un episodio puntual y pasa a ser sobre credibilidad.

Ese es uno de los puntos más delicados para cualquier gobierno. La percepción sobre los problemas económicos puede mejorar. Las variables pueden corregirse. Pero cuando se rompe la confianza sobre la cual descansa una palabra, una idea o una promesa política, esa reconstrucción suele ser mucho más difícil. 

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